DIOS ES AMOR. ARREGLOS PARA EL NUEVO GOBIERNO DE LA TIERRA.
s/TJ:
La familia humana estaba muriendo como resultado del
pecado que cometió su primer padre humano Adán (Rm 5;12) ("¡Despertad! de 22.1.68, pág
28)
Felizmente, Jehová ha hecho una provisión amorosa para salvar de los malos efectos del pecado y la muerte heredados a los arrepentidos. ("La verdad que lleva a la vida eterna", pág 32)
Felizmente, Jehová ha hecho una provisión amorosa para salvar de los malos efectos del pecado y la muerte heredados a los arrepentidos. ("La verdad que lleva a la vida eterna", pág 32)
Así, después que Adán hubo pecado pero antes de
los días de Abel, Dios se propuso redimir a la raza humana (Lc
11:50-51) ("¡Despertad!
de 22.1.68, pág 28)
Jehová Dios que es la "fuente
de vida" concedió a su hijo que tuviera poder dador
de vida en sí mismo para poder así salvar a la humanidad. ("La Atalaya" de 1.6.65,
pág 333 y ss)
Análisis:
Pero está claro en (Hb 2;23) que Jesucristo fue "entregado
por el consejo determinado y presciencia de Dios" (NM)
Y en (1Pe 1;20): "Jesús... fue preconocido
antes de la fundación del mundo".(Véase
también: (Rm 16;25) (Rm 8;28-39) (Ef 1;4-11)(Ef 3;5-9). Por lo tanto
no fue después que Adán hubo pecado que Dios se propuso redimir a la raza
humana, sino que lo hizo por su presciencia y antes de la fundación del mundo.
Hay, por otra parte, un hecho que explican los TJ cuando se refieren a la
creación del mundo que deja claro, en la doctrina de los TJ, la previsión de
Dios para el castigo del mundo. Y es el dosel de agua que luego
constituyó la fuente del diluvio universal.
s/TJ:
¡Qué amoroso fue, entonces, que Jehová Dios escogiera
aquel momento sombrío de la historia humana para proporcionar a toda la
humanidad un destello de esperanza!. Al sentenciar a los rebeldes humanos, Dios
predijo que la prole de ellos tendría un rescatador. Este Salvador, a quien se
llamó la "descendencia", vendría para deshacer el terrible
daño que Satanás causó allá en Edén; la "descendencia"
magullaría a la "serpiente", Satanás, en la cabeza,
aplastándola hasta darle muerte (Gn 3;14-15)
Desde tiempos antiguos, los judíos vieron ésta como una profecía
mesiánica. Varios tárgumes (paráfrasis judías de las Sagradas
Escrituras de uso común en el primer siglo) explicaban que esta profecía se
cumpliría "en el día del Rey Mesías" Profecías posteriores asociaron esa
esperanza con la perspectiva de un buen gobierno (Gn 49;10).
En (2Sam 7;12-16) se le dijo al rey David, descendiente de Judá, que
la Descendencia vendría de su linaje. Además esa Descendencia habría de ser un
Rey fuera de lo común. ¡Su trono o gobernación duraría para siempre! (Is 9;6-7) ("La Atalaya" de 1.10.92,
pág 8)
Acerca de esta provisión amorosa para salvar de los malos
efectos del pecado y la muerte heredados a los arrepentidos, la Biblia dice:
"Dios envió a su Hijo unigénito al mundo para que nosotros
consiguiésemos la vida por medio de él" (1Jn 4;9). De modo que al tiempo
debido de Dios, bajo el dominio del Reino de su Hijo, la imperfección humana
heredada será gradualmente quitada, y la humanidad ya no sentirá los
efectos del pecado de Adán. Pues, ¡hasta la muerte que heredamos de
Adán ya no tendrá poder sobre nosotros! (Ap 21;3-4) ("La verdad
que lleva a la vida eterna", pág 33)
Dentro de poco Dios hará que la humanidad obediente regrese a la
condición feliz que Adán y Eva perdieron (Ap 21;1 y ss) (Ap 21;34) (Is 33;24).
Estamos seguros, por estos textos, que esta maravillosa perspectiva ha de
realizarse en nuestro planeta tierra, concordando con la oración de
Cristo (Mt 6;10) ("La
Atalaya" de 22.1.68, pág 28)
Por un espacio de tiempo que no
se revela, Dios había disfrutado de asociación personal
con su Hijo unigénito -el "Hijo de su
amor"- en la región celestial (Col 1;13). Durante todo ese
tiempo el amor y el cariño entre el Padre y el Hijo se habían
desarrollado tanto que no ha llegado a existir ningún otro amor mutuo como el
de ellos. Las demás criaturas que Dios trajo a la existencia mediante su Hijo
unigénito también fueron amadas como miembros de la familia divina de Jehová.
Así el amor reinaba sobre la entera familia de Dios.
Tan estrechos eran los lazos entre Jehová y
su Hijo primogénito que el que estos se privaran a sí
mismos de tal asociación íntima sería de por sí una gran
pérdida (Col 1;15). Pero el "dar" a este Hijo unigénito
significó más que el que Dios se privara de asociación personal con
el "Hijo de su amor". Llegó hasta el mismo punto de que Jehová
permitiera que su Hijo experimentara la muerte y así cesara de existir
temporalmente como miembro de la familia universal de
Dios. Esta fue una muerte a favor de personas que nunca habían sido miembros de
la familia de Dios. Jehová no pudo haber dado a
la humanidad necesitada mayor dádiva que la de su Hijo unigénito.
La primera pareja humana, Adán y Eva, no se mantuvieron en su
lugar como miembros de la familia de Dios. Después de su
pecado no sólo, dejaron de ser miembros de la familia de Dios, sino que también
cayeron bajo sentencia de muerte. Por lo tanto, el problema no consistía
sencillamente en restaurar el favor de Dios como miembros de su familia a la
prole de ellos, sino también sacarlos de estar bajo la sentencia divina de
muerte. Según funciona la justicia divina, esto requería que uno
de los fieles hijos de Jehová Dios experimentara la muerte como
sustituto o rescate. Por eso, la gran cuestión era: ¿estaría dispuesto a
experimentar tal muerte
como sustituto a favor
de los pecadores humanos el que fuera escogido?. Sólo el
Hijo primogénito de Jehová satisfaría las necesidades especiales que imponía la
situación en que se hallaba la humanidad pecaminosa. Para mostrar que estaba
dispuesto a expresar ese amor al mayor grado mediante dar su
vida a favor de la humanidad pecaminosa, Jesús dijo a sus
12 apóstoles: "El Hijo del hombre no vino para que
se le ministrara, sino para ministrar y
para dar su alma en rescate en cambio por
muchos" (Mc 10;45) (Jn 15;13). Jehová Dios tenía una
razón especial para enviar a Jesús a este empobrecido
mundo de la humanidad. El amor divino fue el motivo de esto, pues Jesús mismo
dijo: "Tanto amó Dios al mundo que dió a su Hijo
unigénito, para que todo el que ejerce fe en él no sea
destruido, sino que tenga vida eterna..." (Jn 3;16-17) ("La
Atalaya" de 15.1.92, pág 10-11)
Si usted es un padre que tiene un hijo muy
amado, sin duda usted puede comprender, por lo menos hasta
cierto grado, lo que esto significó para
Dios. Ciertamente debe conmover con afecto nuestro corazón
para con él el darnos cuenta de que se interesa tanto por nosotros. (1Jn
4;9-11) ("La verdad que
lleva a vida eterna", pág 51-52)
Análisis:
Pero si el Hijo es una creación de Dios, o
sea, fue hecho de la nada, como cualquier otro
ser creado, a que viene la expresión: "Porque tanto amó
Dios al mundo ..." ¿Dónde está la señal de su amor,
si de Hijos como aquél los podía crear
a millones? ¡Fue mucho más grande la acción
de Abrahán dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac! (Gn
22;1 y ss)
Por su amor Jehová envió a su Hijo unigénito en
una misión de salvar a otros. Dios no
envió aquí a su Hijo para juzgar al mundo. Si
al Hijo de Dios se le
hubiera enviado en una misión judicial como
esa, no habría habido buenas perspectivas para ningún ser
humano. La sentencia de juicio adversa de Jesucristo
contra la familia humana habría sido la de condenación
a muerte (Rm 5;12) Por eso,
mediante esa expresión singular del amor divino, Dios contrapesó la sentencia de
muerte que la justicia absoluta hubiera requerido. (“La Atalaya” de 15.1.92, pág 11)
"Pero sólo se podría impartir vida eterna a la raza
condenada y moribunda de la humanidad por medio de un sacrificio humano.
¿Cuánto había que pagar como rescate?
La Biblia dice: “Hay
un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, un hombre, Cristo
Jesús, que se dio a sí mismo como rescate correspondiente por todos” (1Tim 2;5,6)
Jesús, ni más ni menos que un humano perfecto, llegó a ser un
rescate que compensó exactamente por lo que Adán había perdido: el derecho a la
vida humana perfecta en la Tierra. Por eso, el apóstol Pablo bien podía llamar
a Jesús "el último Adán", y decir en el mismo contexto: "Así
corno en Adán todos están muriendo, así también en el Cristo todos serán
vivificados". (1
Corintios 15;22,45) La vida humana perfecta de Jesús era el "rescate
correspondiente" exigido por la justicia divina... ni más ni menos. Un
principio fundamental hasta de la justicia humana es que el precio
que se paga debe corresponder con el mal que se haya cometido.
No obstante, si Jesús hubiera sido parte de una Deidad
trinitaria, el precio de rescate habría sido infinitamente superior a la que
exigían las propias leyes de Dios (Ex 21;23-25) (Lv 24;19-21). Quien pecó en
Edén fue solo un humano perfecto, Adán, no Dios. Por eso, para que en verdad el
rescate estuviera en conformidad con la justicia de Dios tendría que ser
estrictamente equivalente... un humano perfecto, "el último Adán".
Así pues, cuando Dios envió a Jesús a la Tierra como rescate, hizo de Jesús lo
que satisfaría la justicia: no que Dios se hiciera carne, no un Hombre-Dios,
sino un hombre perfecto, "inferior a los ángeles" (Hebreos 2;9
compárese con Sal 8;5,6) ¿Cómo podría parte alguna de una Deidad todopoderosa
-Padre, Hijo o espíritu santo- ser alguna vez inferior a los ángeles?"
Cuando un hombre comete un daño, la máxima justicia está en que el
daño causado quede reparado y además el causante del daño reciba un correctivo
tal que si es posible evite vuelva a cometerlo. Cuando Adán pecó, el daño que
debía reparase no era la pérdida de su perfección, sino la reparación de la
bondad de Dios que había sido mancillada. La pérdida de su perfección, con todo
lo que ello supuso, no fue el daño cometido, fue el castigo recibido.
Si uno roba una cartera, la justicia no pide solamente que se
devuelva la cartera, sino que al ladrón se le meta en la cárcel durante un
tiempo adecuado proporcional al objeto robado. Si una persona da una bofetada a
un compañero de trabajo, la justicia no exigirá el mismo castigo que si esta
misma persona da exactamente la misma bofetada al jefe de la nación. En este
último caso la justicia exigirá una mayor pena ya que el
“atrevimiento" ha sido muy superior.
Adán se atrevió a dar una bofetada al mismo Dios. Su castigo había
de ser de tal magnitud que le era imposible a él o a cualquier otro hombre como Adán satisfacer la pena merecida, ya que nadie es capaz de satisfacer una
pena que llegue a compensar un daño hecho al mismo Dios. ¿Quién podía
solucionar este dilema?: "Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su
unigénito Hijo...' (Jn
3,-16). En efecto, sólo Dios, por su infinito amor al hombre pudo hacerlo...
porque su Hijo era de su misma naturaleza. En caso contrario, la Redención no
hubiese sido posible.