miércoles, 11 de junio de 2014

¿DEBE GUARDARSE UN DÍA DE DESCANSO SEMANAL?

¿DEBE GUARDARSE UN DÍA DE DESCANSO SEMANAL?

s/TJ:

A FINALES de los años ochenta, grupos de metodistas —hombres, mujeres y niños vestidos como para ir a la iglesia— sitiaron la ciudad de Suva, capital de Fiyi, bloqueando 70 vías públicas. Detuvieron todo el tránsito comercial así como los vuelos nacionales e internacionales. ¿Por qué? Para reclamar que se mantuviera la estricta observancia de un día de descanso.

En Israel se estableció que todo edificio de varias plantas que se construyera a partir de 2001 debía tener por lo menos un ascensor que se detuviera automáticamente en cada planta. ¿Con qué propósito? Para que los judíos religiosos, que guardan el sábado desde la puesta del Sol del viernes hasta la puesta del Sol del día siguiente, no tengan que realizar el “trabajo” de pulsar los botones de un ascensor.

En el reino de Tonga, situado en el Pacífico Sur, está prohibido realizar cualquier tipo de trabajo en domingo. Se interrumpe el tráfico aéreo y marítimo. Los contratos que se firman en domingo no se consideran válidos. La constitución de Tonga establece que todo ciudadano, sin importar la religión que profese, debe santificar el domingo. De esta manera se garantiza que en el reino entero se guarde el día de descanso.

Como indican estos ejemplos, muchas personas creen que la observancia de un día de descanso semanal es un mandato divino. De hecho, hay quienes afirman que es fundamental para conseguir la salvación eterna. Otros incluso lo consideran el mandamiento más importante. ¿Qué dice la Biblia respecto al sábado, o día de descanso semanal? ¿Indica que los cristianos deban guardarlo?

La palabra sábado se deriva de un sustantivo hebreo que significa “acción de descansar, cesar, desistir”. El relato de Génesis declara que en el día séptimo Jehová descansó de todo su trabajo de creación. No obstante, fue en la época de Moisés cuando se dio por primera vez al pueblo de Dios el mandato de observar el sábado, un día de descanso de veinticuatro horas (Génesis 2:2). Tras el éxodo de Egipto en 1513 antes de la era común (a.e.c.), Jehová milagrosamente proporcionó maná a los israelitas mientras vagaron por el desierto y les dijo: “Seis días lo recogerán, pero en el séptimo día hay sábado. En él no se formará” (Éxodo 16:26). El relato añade que “el pueblo procedió a observar el sábado en el séptimo día”, desde la puesta del Sol del viernes hasta la del día siguiente (Éxodo 16:30).

Poco después, Jehová dio a Moisés los Diez Mandamientos (Éxodo 19:1). El cuarto comenzaba así: “Acordándote del día del sábado para tenerlo sagrado, seis días has de prestar servicio y tienes que hacer todo tu trabajo. Pero el séptimo día es un sábado a Jehová tu Dios” (Éxodo 20:8-10). De modo que la observancia del sábado llegó a ser parte integral de la vida de los israelitas (Deuteronomio 5:12).

¿Guardaba Jesús el sábado? Por supuesto, pues la Biblia explica que “cuando llegó el límite cabal del tiempo, Dios envió a su Hijo, que vino a ser procedente de una mujer y que llegó a estar bajo ley” (Gálatas 4:4). Como Jesús era israelita de nacimiento, estaba bajo la Ley de Moisés y tenía que observar el sábado. Pero al ofrecer su vida en sacrificio quedó abolida dicha Ley (Colosenses 2:13, 14).

Es verdad que Jesús dijo: “No piensen que vine a destruir la Ley o los Profetas. No vine a destruir, sino a cumplir” (Mateo 5:17). Ahora bien, ¿qué significa “cumplir”? Ilustrémoslo. Se dice que un constructor cumple su contrato de levantar un edificio, no haciendo pedazos el contrato en sí, sino entregando el edificio terminado. Pero tan pronto como se termina el trabajo al gusto del cliente, el contrato queda cumplido y el constructor ya no está comprometido a hacer más. De igual manera, Jesús no incumplió el “contrato” de la Ley, no lo rompió en pedazos; él cumplió la Ley mosaica obedeciéndola a la perfección. Una vez cumplida, esta dejó de ser obligatoria para el pueblo de Dios.

¿Es un requisito cristiano? Dado que Cristo cumplió la Ley, ¿están obligados los cristianos a guardar un día de descanso semanal? El apóstol Pablo dijo: “Que nadie los juzgue en el comer y beber, o respecto de una fiesta, o de una observancia de la luna nueva, o de un sábado; porque esas cosas son una sombra de las cosas por venir, pero la realidad pertenece al Cristo” (Colosenses 2:16, 17).

Estas palabras inspiradas denotan un gran cambio en los requisitos de Dios para sus siervos. ¿A qué obedece este cambio? A que los cristianos están bajo una nueva ley, “la ley del Cristo” (Gálatas 6:2). La Ley de Moisés quedó abolida cuando Jesús, al morir, la cumplió por completo (Romanos 10:4; Efesios 2:15). ¿Dejó de estar vigente también el mandamiento de guardar el sábado? Sí. Pablo dijo: “Hemos sido desobligados de la Ley”, y a continuación pasó a referirse a uno de los Diez Mandamientos (Romanos 7:6, 7).De modo que los Diez Mandamientos —incluido el del sábado— son parte de la Ley que fue abolida. Por eso, los cristianos ya no están obligados a observar el sábado, o día de descanso semanal.

La transición de un sistema de adoración israelita a uno cristiano se podría ilustrar con el cambio de constitución en un país. Una vez establecida la nueva constitución, ya no se exige que se obedezca la anterior. Puede que algunas leyes no hayan cambiado, pero otras sí. El buen ciudadano querrá saber cuándo entró en vigor la nueva constitución y cuáles son las leyes vigentes.

De modo parecido, Jehová dio a la nación de Israel más de seiscientas leyes. Además de las principales, los Diez Mandamientos, promulgó leyes sobre la moralidad, los sacrificios, la salud y la observancia del sábado. No obstante, Jesús habló de una nueva “nación”, la cual estaría constituida por sus seguidores ungidos (Mateo 21:43). Esta nación ha estado desde el año 33 bajo una nueva “constitución” que se basa en dos leyes fundamentales: amar a Dios y amar al prójimo (Mateo 22:36-40). Si bien en la Ley mosaica hay leyes parecidas a las de “la ley del Cristo”, es lógico esperar que algunas sean muy distintas y que otras hayan quedado sin efecto. La de observar un sábado semanal es una de las que ya no están vigentes.

¿Ha cambiado Dios sus principios? Hasta aquí ha quedado establecido que los cristianos ya no están bajo la Ley de Moisés sino bajo la ley del Cristo. ¿Significa eso que Dios haya cambiado sus principios? No, sus principios nunca cambian. Pero tal como un padre modifica las reglas de la casa según la edad de sus hijos y las circunstancias, Jehová ha modificado el conjunto de leyes que sus siervos deben obedecer. El apóstol Pablo lo explica de la siguiente manera: “Antes que llegara la fe, estábamos guardados bajo ley, entregados juntos en custodia, esperando la fe que estaba destinada a ser revelada. Por consiguiente, la Ley ha llegado a ser nuestro tutor que nos conduce a Cristo, para que se nos declarara justos debido a fe. Pero ahora que ha llegado la fe, ya no estamos bajo tutor” (Gálatas 3:23-25).

¿Cómo se puede aplicar el razonamiento de Pablo a la cuestión del sábado? Veamos otra ilustración: Puede que dentro del programa de estudios de un joven se incluya cierto día a la semana una materia técnica, como la carpintería. Ahora bien, si se hace carpintero, no utilizará sus conocimientos solo un día a la semana, sino todos los días. De igual manera, bajo la Ley de Moisés, los israelitas tenían que destinar un día cada semana al descanso y el culto. Pero los cristianos tienen que adorar a Dios, no un solo día a la semana, sino todos los días.


Esto no significa que esté mal reservar un día a la semana para descansar y adorar a Dios. Las Santas Escrituras dan margen para que cada persona decida lo que hará, pues declara: “Unos piensan que un día es más importante que otro, y hay quienes piensan que todos los días son iguales. Cada uno debe decidir por sí mismo” (Romanos 14:5, (La Palabra de Dios para Todos). Aunque haya quienes consideren que cierto día de la semana es más importante que los demás, la Biblia indica claramente que Dios no espera que los cristianos guarden el sábado, o día de descanso semanal.

Análisis:

“La Iglesia, por una tradición apostólica, que trae su origen del mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón "día del Señor" o domingo. En este día los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la Pasión, la Resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios, que los «hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos» (1 Pe., 1,3). Por esto el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo. No se le antepongan otras solemnidades, a no ser que sean de veras de suma importancia, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico”. (Concilio Vaticano II, número 106 de la Constitución Sacrosanctum concilium)

El concilio Vaticano II ha sido aplicado por Pablo VI y, sobre todo, por Juan Pablo II. En esta línea, la Carta apostólica Dies Domini, de 31 de mayo de 1998, ha de ser considerada como un desarrollo de la doctrina conciliar sobre el domingo, y leída a su luz.

Todos conocemos el relato de la creación en el Génesis, los seis días en que Dios creó el mundo. Sabemos que es un relato poético, que utiliza un lenguaje mitológico para expresar una realidad, una verdad fundamental: que Dios creó el mundo al principio. Son muchas y muy importantes las realidades que se afirman mediante ese lenguaje del primer capítulo del Génesis. Sabemos también que el séptimo día "descansó".

Pero posiblemente a muchos se les pueda pasar por alto un detalle sobre este séptimo día: a saber, que Dios "lo bendijo y lo santificó". ¿Qué quiere decir esto?, ¿por qué hay un día particularmente bendito y santificado? En cierto sentido todos los días son santos, porque todos son de Dios y para Dios, cada segundo encierra una eterna referencia a Dios. Pero hay un día especialmente santo, sagrado: bendito y santificado. Esto quiere decir que es un día particularmente dedicado a Dios, un día en el que nos tenemos que acordar especialmente del Señor, un día que tenemos que vivir con una particular referencia a Él.

Pero, ¿por qué?, ¿por qué Dios dispuso este día? Sin duda ninguna, porque los hombres lo necesitamos. Dios no establece cosas arbitrariamente, no se saca nada de la manga, no "inventa" nada. Por lo tanto, si ha establecido este día, no es "porque sí", sino porque hay una radical necesidad humana de él. Lo que necesitamos es recordar especialmente a Dios ese día, tenerle particularmente presente. ¿Por qué? Porque si no lo hiciéramos correríamos el riesgo de olvidarnos poco a poco de Él. Y esto es lo peor que le puede pasar a un hombre: olvidarse de Dios. Si nos olvidamos de Dios toda nuestra vida queda oscurecida; lo que da sentido a todo, lo que todo lo ilumina y lo llena de alegría y de vida, desaparece. Desaparecido Dios de nuestro horizonte sólo queda, al fin, el vértigo de la nada. Este carácter de "bendito" y "santificado" es lo que da su sentido al día séptimo como día de descanso. Efectivamente, este día Dios descansó. Este antropomorfismo del descanso de Dios refleja que los hombres necesitamos descansar periódicamente. Pero este descanso no tiene su sentido en sí mismo. Es un descanso que existe para la santificación y la bendición, para el especial recuerdo y presencia de Dios en ese día. No es mera vacación: es fiesta, que quiere decir mucho más.

Así pues, es altamente significativo que en la primera página de la Escritura se hable de un día sagrado. Nada más crear al hombre y al mundo, en el exordio mismo de la existencia creada, Dios pone un día sagrado. Por lo tanto, el domingo no es algo secundario. El día sagrado es el centro de los días, y pone de relieve que el sentido de la creación y del mundo, el sentido de los otros seis días, es Dios. Si el hombre fue creado el día sexto, resulta que su primer día en el mundo fue precisamente el día séptimo, el día bendito. Esto pone de relieve otro elemento de gran trascendencia: lo primero es la alabanza de Dios, todo lo demás está presidido por esta alabanza. Así pues, el día sagrado no se agota en sí mismo, sino que extiende su irradiación sobre todos los otros días. Santificando el día séptimo santificamos los demás días.

Celebrando el día séptimo somos, pues, fieles a Dios y fieles a nosotros mismos. Si cada ser, y en particular el hombre, debe ser fiel a sí mismo (sé tú mismo), resulta que nunca soy más fiel a mí mismo que cuando estoy de rodillas delante de Dios en el día séptimo; nunca como entonces estoy más centrado en la verdad primera sobre mí mismo.

En conclusión: el día séptimo no es ni mucho menos una banalidad: está en el centro mismo de nuestro ser. Su significado antropológico y teológico es inmenso. Por tanto, si queremos ser creyentes, si queremos seguir siéndolo toda nuestra vida, no podemos prescindir de él. Si nos olvidáramos del día séptimo acabaríamos poco a poco dejando de ser cristianos, lo cual se ve lamentablemente confirmado por la práctica, por la experiencia. Quien deja de practicar va dejando poco a poco de ser cristiano: ¿cómo ha perdido la fe más de uno? un domingo no fue a Misa, al siguiente tampoco... y han pasado diez años.

El paso del sábado al domingo. En el párrafo anterior hemos dado un salto, pasando a hablar explícitamente en términos cristianos. Pero ciñámonos por el momento a la Revelación del Antiguo Testamento. Según esta revelación, el día santo es el sábado, que es el día séptimo. Además de establecerlo así el relato de la creación, Dios refuerza el sábado en la Alianza del Sinaí, como día de fiesta que es una señal de la Alianza y de la fidelidad del pueblo a Dios. Una multitud de prescripciones vienen a precisar el modo cómo el pueblo debe consagrar este día al Señor. Se establece por menudo todo lo que puede y no puede hacerse en sábado. A las muchas prescripciones de la Escritura se añade una multitud proveniente de las enseñanzas de los rabinos. Esto llevará a un casuismo absurdo y a una vivencia formalista y muchas veces hipócrita del sábado, como se ve en el Evangelio; pero al mismo tiempo pone de relieve la profunda conciencia que Israel tenía de la importancia del sábado.

Entre los cristianos el día sagrado pasó a ser el día primero de la semana: el domingo, "dies dominica", de "dominus", "Señor", "día del Señor". Esto es así porque el domingo es el día de la resurrección del Señor. El día en que Cristo ha resucitado es todavía mucho más importante, mucho más significativo teológica y antropológicamente, tiene todavía mucha más fuerza, que el sábado. Y esto aunque el sábado se estableciese en el mismísimo "momento" de la creación, lo cual, a su vez, queda recogido en la primera página de la Escritura. La resurrección tiene un poder recentrador. La resurrección es más importante que la mismísima creación; de hecho la creación fue ya hecha con vistas a la encarnación y a la resurrección del Señor. Todo lo que se decía al principio sobre el día séptimo —el día que necesitamos para no olvidarnos de Dios, el día que realiza el significado cultual de todo el tiempo, del mundo y del hombre, y todo lo que viene después— se traslada ahora al domingo. El traslado del sábado al domingo no es ni mucho menos una cosa meramente fáctica, fruto de una costumbre casual o —peor todavía— de una decisión arbitraria de la Iglesia.

Historia del precepto dominical. Unas palabras sobre la misa dominical: ¿cómo vamos a celebrar los cristianos nuestro día sagrado? Indudablemente, con la Eucaristía, la santa Misa. Precisamente en la Misa se hace presente Jesucristo sobre el altar, y se hace presente Jesucristo entregado y resucitado por nosotros: se hace presente el sacrificio de Cristo y su triunfo sobre la muerte, la obra de nuestra redención.

La Misa del domingo no es sólo un mandamiento de la Iglesia, ni mucho menos un mandamiento arbitrario, o una pura convención. Desde los primeros momentos los cristianos sintieron la necesidad de reunirse el día primero de la semana (o sea, el domingo) para celebrar la "fracción del pan", la "cena del Señor". Y desde entonces, a lo largo de todos los siglos y en todos los lugares han sentido que esa reunión los constituía y los identificaba como cristianos. Conscientes de esta necesidad, algunos mártires han dado su sangre precisamente por celebrar la Eucaristía dominical. Esta costumbre universal, esta costumbre-necesidad, fue recogida luego como una norma en el derecho de la Iglesia, pero no una norma cualquiera, sino una norma que refleja y recoge la conciencia universal de los cristianos desde el principio. La Misa del domingo no es algo convencional, no es algo prescindible: es irrenunciable.

Ya hacia el año 150 San Justino recuerda esta costumbre y describe la Misa, en su primera Apología. La “Didascalia de los Apóstoles”, del siglo tercero, dice: “Dejad todo en el día del Señor y corred con diligencia a vuestras asambleas, porque es vuestra alabanza a Dios. Pues, ¿qué disculpa tendrán ante Dios aquellos que no se reúnen en el día del Señor para escuchar la palabra de vida y nutrirse con el alimento divino que es eterno?”. Andando el tiempo, “ante la tibieza o negligencia de algunos, (la Iglesia) ha debido explicitar el deber de participar en la Misa dominical. La mayor parte de las veces lo ha hecho en forma de exhortación, pero en ocasiones ha recurrido también a disposiciones canónicas precisas. Es lo que ha hecho en diversos Concilios particulares a partir del siglo IV (como en el Concilio de Elvira del 300, que no habla de obligación sino de consecuencias penales después de tres ausencias) y, sobre todo, desde el siglo VI en adelante (como sucedió en el Concilio de Agde, del 506)”. El Código de 1917 recoge por primera vez esta norma en una ley universal, en sus cánones 1247 y 1248. Lo mismo hace el Código actual en su canon 1247. El Catecismo de la Iglesia Católica, de 1992, dice en su número 2181: “Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave”. (Hasta aquí, fragmento del estudio “El día del Señor. El sentido del domingo”, realizado por Carlos Soler)


Y qué nos dice la Biblia

La consagración del primer día de la semana  (domingo) como día de descanso y culto propio de los discípulos de Jesús se produjo desde época muy primitiva del siglo I.

Sabemos desde luego que los primeros cristianos de origen gentil no guardaban los días propios del judaísmo porque así queda claro en las intervenciones de Pablo frente a los colosenses y gálatas.

Los colosenses que deben su salvación a Cristo (Col 2;9-16), no tienen por qué someterse a observaciones religiosas y prácticas ascéticas, que están separadas de Cristo y, consiguientemente, no tienen valor alguno. Entre estas prácticas ascéticas,  Pablo  cita el “sábado”. Estas prácticas las exigían a los colosenses los agitadores judaizantes cuyas doctrinas ataca Pablo indicando que todo eso es “sombra de los futuro, cuyo cuerpo es Cristo”. La comparación entre sombra y cuerpo no puede ser más expresiva. La Ley mosaica con todas sus prescripciones, no era más que una “sombra” que estaba señalando la presencia de un “cuerpo”, que contenía la razón de su existencia; o dicho de otra manera, era simplemente para preparar el nuevo orden de cosas que iba a establecer Cristo, sin que tuviera otra solidez que la que recibía de Cristo, que era la “realidad”, perdiendo esa razón de ser una vez venido éste (Hb 9;9-10).

(Gl 4;10) Pablo riñe a los gálatas porque a pesar de que ya han conocido a Dios por los afanes del apóstol, vuelven a la observancia de la ley mosaica  con todas sus prescripciones de sábados, novilunios, etc…

Las reuniones de los cristianos de origen gentil, tenían lugar en Domingo en lugar de en Sábado (Hech 20;7-8) y en ellas realizaban las colectas destinadas a la beneficencia (1Cor 16;2)

De todas maneras el inicio de esta costumbre debe buscarse en los propios judeo-cristianos (Jn 20;19) (Jn 20-26) quienes ya optaron por reunirse como seguidores de Jesús el Mesías precisamente en un día que no interfiriera con el culto sinagogal. En ello influyó muy posiblemente también una serie de hechos relacionados con el domingo. En este día había resucitado Jesús (Jn 20;1) y se había aparecido por primer vez a los apóstoles comiendo con ellos. (Lc 24;36-49) (Jn 20;26 y ss). Asimismo fue en domingo cuando se recibió el Espíritu Santo en Pentecostés (Hech 2;1 y ss), etc

En una fecha tan temprana como los años sesenta del siglo I, la expresión “día del Señor” ya iba referida, incluso en un contexto judeo-cristiano, al domingo (Ap 1;10). Cómo curiosidad hago constar que esta denominación solar ha permanecido así en algunos idiomas, como el inglés y el alemán, donde el primer día sigue siendo no “el día del Señor”, sino el Sunday o Sonntag, es decir el “día del sol”.

Para finales del s.I. (Didajé XIV) (Epístola a los Magnesios IX de Ignacio), etc ya resultaba obvio que el sábado era el día sagrado de los judíos, mientras que el de los cristianos era el domingo.

En cuanto a las fuentes contenidas en el Talmud, suelen acusar a los judeo-cristianos de la consideración del domingo como día sagrado.

Así, pues, en el Nuevo Testamento, no hay ni un punto en el que se hable de que los discípulos de Cristo tuviesen del sábado esta consideración de día de adoración a Dios.  En cambio, sí que hay suficientes para poder aceptar, sin miedo a equivocarse, que los discípulos de Cristo se reunían el domingo para celebrar “la fracción del pan”, momento más importante de su naciente iglesia.
  
Los primeros cristianos se reunían para sus actos litúrgicos “el primer día de la semana”. Así queda claro en (Hech 20;7,8) (1Cor 16;2) (Jn 20;19) (Jn 20;26) (Hech 2;1), etc.

¿Y qué hacían los cristianos cuando se reunían “el primer día de la semana”?. Pues también resulta claro que uno de los motivos principales era  “para partir el pan” (Hech 20;7-8). ¿Y qué hacían cuando partían el pan?. Pues ni más ni menos que cumplir con el mandato de Jesucristo cuando en la última cena dice a sus apóstoles que repitan lo que Él ha hecho, en su memoría. (Lc 22;19) (1Cor 10;16 y ss).