¿QUÉ ENSEÑA REALMENTE LA BIBLIA? CAPÍTULO 17. LA ORACIÓN NOS ACERCA A DIOS.
s/TJ:
En comparación con el inmenso universo, nuestro planeta es muy pequeño.
De hecho, para Jehová, “el Hacedor del cielo y de la tierra”, las naciones
son como una diminuta gota de agua de un balde (Salmo 115:15; Isaías 40:15). Sin embargo, la Biblia
dice que “Jehová está cerca de todos los que lo invocan, de todos los que lo
invocan en apego a la verdad”, y que él cumplirá “el deseo de los que le temen,
y oirá su clamor por ayuda” (Salmo 145:18, 19). Piense en el
significado de estas palabras. El Creador todopoderoso está cerca de
nosotros y nos oirá si “lo invoca [mos] en apego a la verdad”, es decir, con
fidelidad. ¡Qué privilegio tenemos de poder orarle!
No obstante, si queremos que Jehová escuche nuestras oraciones,
debemos orarle de la manera que él aprueba. Pero ¿cómo vamos a hacerlo si
no sabemos lo que enseña la Biblia sobre la oración? Es vital que lo
sepamos, pues la oración nos acerca a Jehová.
¿POR
QUÉ DEBEMOS ORAR A JEHOVÁ?
Una razón importante por la que debemos orar a Jehová es que
él nos invita a hacerlo. Su Palabra dice: “No se inquieten por cosa
alguna, sino que en todo, por oración y ruego junto con acción de gracias,
dense a conocer sus peticiones a Dios; y la paz de Dios que supera a todo
pensamiento guardará sus corazones y sus facultades mentales mediante Cristo
Jesús” (Filipenses 4:6, 7). Seguramente,
no queremos rechazar una invitación tan bondadosa del Gobernante Supremo
del universo.
Otra razón por la que debemos orar es que cuando lo hacemos con
frecuencia, se estrecha nuestra relación con Jehová. Los buenos amigos
no se comunican solo cuando necesitan algo, sino en cualquier momento,
porque se interesan el uno en el otro. Su amistad se va fortaleciendo a
medida que se expresan con toda libertad sus pensamientos, preocupaciones y sentimientos.
En cierto sentido, algo parecido ocurre con nuestra relación con Jehová.
Gracias a este libro, usted ha aprendido mucho sobre lo que la Biblia enseña
acerca de Jehová, su personalidad y su propósito. Ha llegado a ver a
Dios como una persona real. Pues bien, la oración le permite expresar a su
Padre celestial sus pensamientos y sentimientos más íntimos. Y de esa
forma se acercará más a él (Santiago 4:8).
¿QUÉ
CONDICIONES HAY QUE CUMPLIR?
¿Escucha Jehová todas las oraciones? Fíjese en lo que les dijo a los
israelitas rebeldes que vivían en el tiempo del profeta Isaías: “Aunque hagan
muchas oraciones, no escucho; sus mismas manos se han llenado de
derramamiento de sangre” (Isaías 1:15). Así que si nos
comportamos de una manera que Dios no aprueba, él no escuchará
nuestras oraciones. Por tanto, para que sí las escuche, debemos cumplir algunas
condiciones básicas.
Una condición esencial es tener fe (Marcos 11:24). El apóstol Pablo
escribió: “Sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca
a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan” (Hebreos 11:6, Nueva Versión
Internacional). Sin embargo, para tener fe verdadera no basta con saber
que Dios existe y que escucha y responde las oraciones. La fe se demuestra
con acciones. En nuestro modo de vida debe notarse claramente que tenemos
fe (Santiago 2:26).
Análisis:
“Si alguno de vosotros se halla falto de sabiduría,
pídala a Dios, que a todos da largamente y sin reproche, y le será otorgada.
Pero pida con fe, sin vacilar en nada, que quien vacila es semejante a las olas
del mar, movidas por el viento, y
llevadas de una a otra parte. Hombre semejante no piense que recibirá nada de
Dios” (Sant 1;5.6). Sobre este
tema, los TJ comentan en la contraportada de
La Atalaya 1 de agosto de 2013: “Debemos estar convencidos de que Dios
existe y se preocupa por nosotros. Para lograrlo tenemos que estudiar su
Palabra, pues la fe se basa en las pruebas que encontramos en ella”.
O sea, según los TJ si no tenemos fe, por más que
oremos Dios no nos escuchará. Por consiguiente, si queremos que nos escuche y
así estar convencidos de que Dios existe y se preocupa por nosotros, hemos de
lograr tener fe y, para ello, hemos de estudiar la Palabra pues la fe se basa
en las pruebas que encontramos en ella.
Asimismo, ya en La Atalaya del 1.12.1959, pág
725, los TJ nos decían: “Tal vez una persona crea que no puede ser TJ porque
no tiene bastante fe para hacerlo. Tal vez no se dé cuenta de que la fe se
edifica sobre conocimiento y ella -esa persona- no se ha esforzado
por adquirir el conocimiento que tiene que ver con el significado y razón para
el bautismo. Primero tiene que colocarse el fundamento del conocimiento, y
luego al ejercer la persona ese conocimiento resultará la fe (...) Porque la
Escritura dice: “cualquiera que invoque el nombre de Jehová será salvo'.
Sin embargo, ¿cómo invocarán a aquél en quien no han puesto su fe? ¿Cómo, en
cambio, pondrán su fe en aquél de quien no han oído? ¿Cómo, en cambio, oirán
sin alguien que predique? ¿Cómo, en cambio, predicarán a menos que sean
enviados?" (Rm 10;10-15).
El proceso descrito en (Rom 10;10-15), es
claro: Alguien es enviado a predicarnos la Palabra. Esta Palabra es oída
por cualquiera que quiera escucharla. Oiremos hablar de Dios. Quizás pongamos
entonces nuestra fe en Él y lo invoquemos. Y si lo invocamos entonces seremos
salvo. Analicemos este último párrafo:
Alguien es enviado a predicarnos la
Palabra. Es verdad. Dice Mt en las últimas palabras de su Evangelio
(28;16-20) (NM): “Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde
Jesús les había ordenado y cuando le vieron le rindieron homenaje, mas algunos
dudaron. Jesús se acercó y les habló, diciendo: “Toda autoridad me ha sido dada
en el cielo y sobre la tierra. Por lo tanto, vayan y hagan discípulos de gente
de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del
espíritu santo, enseñándoles a observar todas las cosas que yo les he mandado.
Y, ¡miren! Estoy con ustedes todos los días hasta la conclusión del sistema de
cosas” ¿Cómo demuestran los TJ que sus predicadores están en la línea
de la sucesión de aquellos once discípulos, que lógicamente no iban a vivir dos
mil años, pero que en cambio, recibieron la promesa de que Jesucristo estaría
con ellos hasta la consumación de este sistema de cosas? Porque si no
pueden probar su entronque con la predicación de los once discípulos, tampoco
podrán ser considerados entre los enviados a predicar la Palabra y por tanto se
revelarán como mensajeros no autorizados y engañosos (2Cor 11;13)(Tit 1;11)
Esta palabra es oída por cualquiera que
quiera escucharla. Aunque Pablo sólo habla de oír, es verdad que a lo
largo de los años, algunos apóstoles de Jesús y otros santos varones que les
acompañaban, elaboraron cartas y otros escritos que contenían la vida y la
palabra de Jesús, según ellos vieron, oyeron y entendieron. Pero una cosa no
quita la otra. A lo largo de los primeros años después de Cristo, sus apóstoles
sólo transmitieron la Palabra de forma oral. Después oral y escrita a fin de
ser más eficaces, pero no para que un medio anulara al otro. ¿O es que Jesús
ordenó que se escribiera de alguna manera su doctrina en un libro y se
prescindiera de la palabra oral?. Todo lo contrario. Los TJ para defender
alguna de sus doctrinas han argüido cuando lo han creído oportuno, el
razonamiento de que una determinada cuestión no es verdad porque no está en la
Biblia. Pues aquí tienen otra… pero en su contra.
Oiremos hablar de Dios. Quizá de
dioses distintos según sea el predicador… Quizás pongamos entonces nuestra
fe en Él y lo invoquemos. Es el primer paso positivo: que surja nuestra
fe, nuestro deseo, nuestro anhelo… seguro que Dios ya está predispuesto a
escucharnos. Pero todavía falta Su aceptación definitiva. Para obtener la fe
que sea capaz de mover montañas, es preciso que Dios se fije en nosotros y nos
dé el don definitivo de la FE con mayúsculas (Ef 2;8) (Rom 11;6). Es
necesario que la pidamos que la supliquemos…que surja de nuestro corazón y de
nuestra voluntad. No se trata de estudiar más y más la Biblia, o de completar
uno o cincuenta cursos sobre la misma. Se trata, como dice Jesucristo, de tener
solamente tanta fe como un grano de mostaza (Lc 17;5-6) dando a entender con
ello, que tener FE no es una cuestión de cantidad sino de calidad. Tiene que
ser verdadera fe, o sea, confianza total en Dios y en su Hijo Jesucristo y en
su poder. La mayoría de veces nos quedamos en una simple fe razonada,
intelectual en la que nuestra voluntad no llega a ser removida en el
seguimiento de Cristo.
También debe tenerse en cuenta que muchas
personas llegan a este primer paso de empezar a sentir la presencia de un
Ser superior, con sólo observar la naturaleza y el cielo de una noche serena.
Dios no se manifiesta sólo a través de la palabra oral o escrita, también lo
hace a través de su creación, muchas veces más convincente que el mejor de los
predicadores. También la petición y la súplica de estas personas puede
conseguir de Dios una FE inquebrantable que las sitúe en el camino de la
salvación.
Claro que los TJ pretenden llegar a la FE
con mayúsculas que nos exige Jesucristo (Lc 17;5-6) solamente a través de los
estudios que ellos proponen, porque no aceptan –a pesar de que la Biblia lo
dice claramente, según hemos visto en (Ef 2;8) (Rom 11;6)- que la FE es un don
de Dios. Así en La Atalaya del 1/11/67, pág 653, se puede leer: “Debe
tenerse presente que la fe no es un don, sino, más bien, es una cualidad que
tiene que cultivarse.” Totalmente contrario a (Ef 2;8). Y en
“Programas de estudio” del 15.3.70, págs 165-168, los TJ nos dicen: “Ahora
bien, si el conocimiento que adquirimos de Dios no es exacto, no obtendremos fe”.
O sea, dicho claramente, si no seguimos los cursos que ellos imparten o no
aceptamos su interpretación de la Biblia, que, por ejemplo, podemos conocer en el libro que estamos
analizando: ¿Qué enseña realmente la Biblia?, no llegaremos nunca a tener
fe.
Y si lo invocamos entonces seremos
salvo. Aquí ya es Dios quien decide si nuestra invocación es
merecedora de llegar a ser salvos.
La fuerza de la oración se refleja en (Mc
11;23-26) (Mt 21;21,22)
s/TJ:
Otra condición que pone Jehová es que la
oración se haga con humildad y sinceridad. ¿Y no es verdad que tenemos
muchas razones para ser humildes al hablar con Dios? Cuando la gente tiene la
oportunidad de conversar con un rey o un presidente, suele hacerlo con respeto,
pues reconoce la elevada posición que ocupa esa persona. Sin duda, Jehová merece que nos dirijamos a él con mucho
más respeto (Salmo 138:6).
Al fin y al cabo, es el “Dios Todopoderoso” (Génesis 17:1).
Nuestra forma de hablarle debe indicar que reconocemos humildemente que somos
muy inferiores a él. Dicha humildad también nos impulsará a orarle con toda
sinceridad y a no hacerlo mecánicamente ni repetir siempre lo mismo (Mateo
6:7, 8).
Análisis:
Recordemos las palabras de Jesucristo: “Cuando os pusiereis en pie para orar si
tenéis alguna cosa contra alguien, perdonadlo primero, para que vuestro Padre,
que está en los cielos, os perdone a vosotros vuestros pecados. Porque si
vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre, que está en los cielos, os
perdonará vuestras ofensas” (Mc 11;25)
La oración de la mayoría de las personas
es la que llamamos «oración vocal». Una oración hecha con los labios,
repitiendo fórmulas casi siempre antiguas y venerables. Una oración que,
recitada a veces de forma distraída y aprisa, es, sin embargo, la oración más
frecuente y habitual. ¿Cómo rezar estas oraciones?
Se piensa a veces que esta forma de rezar
es la oración de los que no son capaces de una oración más elevada. La oración
de la gente a la que falta preparación o conocimientos más profundos. Es un
error pensar así. La oración vocal no excluye la atención de la mente y el
afecto. Al contrario, santa Teresa dice que esta oración requiere
«advertencia», darnos cuenta de lo que estamos diciendo, y exige, sobre todo,
esa actitud básica de amor a Dios. Por otra parte, es impensable una oración
puramente mental o callada, sin que se encarne alguna vez en palabras. Lo que
hay en nuestro corazón termina resonando en nuestros labios. Y son precisamente
las palabras dichas, susurradas, gritadas o cantadas con la voz y la tonalidad
de cada uno, las que nos permiten comunicarnos con Dios de verdad, en cuerpo y
alma.
Todos utilizamos fórmulas heredadas de
generaciones anteriores para dirigirnos a Dios. Repetimos los salmos y las
plegarias que rezaron creyentes de otros tiempos. Repetimos, sobre todo, el
«Padre nuestro», la oración que nos enseñó Jesús. Es bueno ayudarnos con esas
palabras para dirigirnos a Dios. Pero no hemos de olvidar que la oración es
algo personal. Ningún otro puede orar en mi nombre. Esas palabras las he de
hacer mías, si quiero elevar mi corazón a Dios. Detrás de esas fórmulas he de
estar yo, con mi súplica o mi alabanza, mi agradecimiento o mi queja.
La mejor manera de «hacer mías» esas
oraciones es detenerme alguna vez a recitarlas lentamente, frase a frase,
tomando conciencia de lo que digo y saboreando su contenido. No se trata de
multiplicar «padrenuestros» y «avemarías» de cualquier manera, sino de
comunicarnos con Dios. Es, sobre todo, esa oración la que hemos. de hacer
propia. Primero, esos tres grandes deseos de todo discípulo de Jesús: ¡Que «sea
santificado tu nombre», no el mío! ¡Que «venga tu reino», no el nuestro! ¡Que
«se haga tu voluntad», no la mía! Y luego, las cuatro grandes peticiones del
cristiano: «Danos nuestro pan de cada día», a todos. «Perdónanos nuestras
ofensas», y ayúdanos a perdonar. «No nos dejes caer en la tentación». «Líbranos
del mal», de todo mal.
Algunos veces los TJ muestran en apoyo de
su condición de no repetir palabras en la oración, el versículo (Mt 6;7): “Mas
al orar, no digas las mismas cosas repetidas veces, así como las gentes de las
naciones, porque ellos se imaginan que por su uso de muchas palabras se harán
oír” (NM). Pero veamos la traducción literal del griego y que cada uno saque
sus conclusiones: “Y cuando estéis orando, no parloteéis sin medida, como los
gentiles porque les parece que en el mucho hablar de ellos, serán escuchados”.
¿Es parlotear sin medida, o decir palabras vanas repetirle al Padre las
palabras que Jesucristo nos enseñó que dijéramos? ¿Acaso en nuestra vida
personal es parlotear sin medida o decir palabras vanas repetir una y mil
veces con palabras agradables que nuestra novia o nuestra esposa es guapa y que
las queremos con todo el corazón? ¿Por qué no podemos repetirle a la Virgen,
todas las veces que queramos y nos salga del corazón que es
Bienaventurada porque está llena de gracia y que es bendita entre todas las
mujeres? Es fácil interpretar las palabras de (Mt 6;7) si como nos repiten
muchas veces los TJ, las dejamos que hablen por sí mismo sin forzar su
interpretación. Los TJ son especialistas en conseguir con sus traducciones e
interpretaciones, que la Biblia diga lo que ellos quieren que diga.
Precisamente, dos versículos después (Mt
6;9 y ss) Jesús da la Oración del Señor (el Padrenuestro). Esta es
una oración central en la vida de oración católica. No es ni vacía, ni pagana.
Es santa, honorable y merece ser repetida por su significado.
Si hasta los ángeles están repitiendo eternamente, día
y noche: "Santo, Santo, Santo"
en la presencia de Dios (Ap.4,8). ¿Es acaso vacío o pagano esto?
Dios se complace en ello.
s/TJ:
Otra condición para que Dios nos escuche
es que hagamos todo lo posible por actuar de acuerdo con nuestras oraciones.
Por ejemplo, si le pedimos a Jehová “nuestro pan para este día”, debemos
trabajar duro en cualquier empleo que hallemos, siempre y cuando podamos
realizarlo (Mateo 6:11; 2 Tesalonicenses
3:10). Igualmente, si le rogamos que nos ayude a vencer
una debilidad, tenemos que evitar situaciones que pudieran someternos a una
tentación (Colosenses
3:5). Pero además de conocer estas condiciones básicas
para orar a Dios, necesitamos saber la respuesta a algunas preguntas sobre la
oración.
PREGUNTAS SOBRE LA ORACIÓN
¿A quién debemos orar? Jesús
enseñó a sus discípulos a orar así: “Padre nuestro que estás en los
cielos” (Mateo 6:9).
Por lo tanto, debemos dirigir nuestras oraciones únicamente a Jehová Dios. Sin
embargo, él quiere que reconozcamos la posición que ocupa su Hijo unigénito,
Jesucristo. Como vimos en el capítulo 5,
Jehová envió a Jesús a la Tierra para que fuera el rescate que nos liberara del
pecado y la muerte (Juan 3:16; Romanos
5:12). Además, lo nombró Sumo Sacerdote y Juez (Juan 5:22; Hebreos
6:20). Por eso, las Escrituras nos dicen que oremos
mediante Jesús. Él mismo dijo: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie
viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6).
Para que nuestras oraciones sean escuchadas, deben ir dirigidas únicamente a Jehová por medio de su Hijo.
Análisis:
En primer lugar debemos decir que los
Testigos de Jehová no aceptan la devoción a los santos porque
sencillamente no tienen santos. Por lo tanto es difícil que puedan entender que
de alguna manera los católicos nos relacionemos con ellos en nuestras oraciones.
Para los Testigos de Jehová cuando alguien muere, queda sin conocimiento
durmiendo en el Sheol o Hades simbólico. Por lo tanto es inútil que lo
invoquemos porque no nos oye, no tiene conocimiento de nada. Pero los
católicos, sabemos que cuando uno muere, si es merecedor por su vida de ello, su
alma está ya con Jesús y de alguna manera, los que seguimos con vida aquí en la
tierra, estamos unidos a él en una comunión permanente ante Dios, recibiendo de
Él la salvación por medio de Cristo.
Interceder es pedir a favor de otros, es
desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. En
la intercesión el que ora busca no su propio interés sino el de los demás (Flp
2;4) hasta rogar por los que le hacen mal (Hech 7;60) (Lc 23;28,34). Las
primeras comunidades cristianas vivieron intensamente esta forma de
participación: (Hech 12;5) (Hech 20;36) (Hech 21;5) (2Cor 9;14) (Ef 6;18-20)
(Col 4;3,4) (1Tes 5;25 ) (2Tes 1;11) (Col 1;3) (Flp 1;3,4) (1Tim 2;1) (Rom
12;14) (Rom 10;1) (Sant 5;16)
La liturgia de la Iglesia nunca se dirige
a los santos (ni a la Virgen María) para que sean fuente de gracia para
nosotros, sino que implora su «intercesión» ante Dios: «Rogad por nosotros».
Los santos no son mediadores entre Dios y nosotros. Son amigos de Jesucristo y
hermanos nuestros. Cuando invocamos a los santos, no los interponemos entre
Dios y nosotros, sino que nos dirigimos a Dios intensificando nuestra comunión
con ellos. Todo lo recibimos de Dios por medio de Cristo, pero esa única
mediación no excluye, sino que suscita en las criaturas una colaboración
diversa que participa de la única fuente.
La devoción a un santo concreto tiene su
lugar en nuestra vida cristiana sobre todo cuando contribuye a reafirmar
nuestro seguimiento a Cristo en algún aspecto concreto de la vida evangélica.
¿Por qué no implorar la intercesión de san Francisco de Asís para aspirar a una
vida más fraterna y pacífica?, ¿por qué no acudir a san Ignacio de Loyola en
momentos de discernimiento y conversión, o a san Francisco Javier para
acrecentar nuestro espíritu evangelizador?, etc, etc
Con relación a María, hemos de decir que
siempre ha habido en nuestro pueblo una devoción grande y sincera a María. Son
bastantes los que, en momentos de especial importancia o dificultad, acuden a
ella casi de forma espontánea.
María, antes que nada, ha de ser para
nosotros modelo de oración cristiana. Ella nos puede enseñar a buscar y aceptar
en la oración la voluntad de Dios, incluso cuando no entendemos nada de lo que
nos está ocurriendo: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu
palabra» (Lc 1, 38). Ella nos puede iniciar a descubrir en
nuestra vida motivos para la alabanza a Dios: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios,
mi Salvador» (Lc 1, 46-47). De ella aprendemos también a
quejarnos al Señor en momentos de oscuridad y búsqueda: «Hijo, ¿por qué hiciste
esto con nosotros?» (Lc 2, 48). María nos enseña a orar intercediendo por los
necesitados: «Dijo a Jesús: No tienen
vino... Haced lo que él os diga» (Jn 2, 3. 5). Ella es modelo de meditación
e interiorización del misterio cristiano: «María
conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19).
También acudimos a María para encontrarnos
con Dios. Principalmente, nuestra oración se dirige directamente a Dios a través
de Jesucristo. Pero la encarnación de Dios en Jesús realizada en María confiere
a nuestra relación con ella un carácter propio. María, la Madre de Jesús, es
también Madre de quienes somos «hermanos» de Cristo. Por eso, aunque nuestra
oración se dirige a Dios y aunque Jesucristo es nuestro único mediador,
asociamos en nuestra oración a María, la elegida por el Padre para ser Madre de
su Hijo. Podemos invocarla realmente como Madre, Auxiliadora, Socorro. Ella,
sin disminuir en nada la mediación de su Hijo, sino recibiéndolo todo del Padre
por medio de él, puede interceder maternalmente por nosotros.
La devoción a María en sus múltiples
formas (rosario, Ángelus, visitas a santuarios, festividades...), lejos de
distanciarnos de Dios o de Cristo, nos atrae hacia su Hijo Jesús y hacia el
amor al Padre.
Aunque Jesús es el único mediador ante el
Padre a favor de todos los hombres y de los pecadores en particular: (Rom 8;34)
(1Jn 2;1) (1Tim 2;5,6) (Hb 7;25) (Rom 8;26,27), Él mismo nos anima a que
también le pidamos directamente a Él aquello que necesitemos:
(Jn 4; 10) (Jn 14;14). De todas maneras,
los TJ, expertos en la manipulación de los versículos de la Biblia que
enaltecen a Jesús para reducirle su gloria, ya se cuidan en su patética
traducción del Nuevo Mundo, de que el texto sea debidamente amañado para que no
sea el propio Jesús el dispensador de la gracia que ganó para nosotros a través
de su muerte y resurrección. Pueden comparar cada uno de estos dos textos según aparecen en el Nuevo Mundo y en
cualquier otra Biblia de las que Vds pueden manejar.
s/TJ:
¿Hay que adoptar una postura
especial? No. Jehová no nos pide que pongamos
de cierta manera las manos o el cuerpo entero. La Biblia enseña que hay
varias posturas adecuadas para orar. Por ejemplo, la persona puede estar
sentada, inclinada, arrodillada o de pie (1 Crónicas
17:16; Nehemías
8:6; Daniel
6:10; Marcos
11:25). Lo que de verdad importa no es adoptar
una postura para que nos vean, sino tener la debida actitud. De hecho,
podemos orar en silencio y en cualquier lugar, tanto si estamos realizando
nuestras labores habituales como si surge una emergencia. Puede que nadie se dé
cuenta de que estamos orando, pero Jehová sí nos escucha (Nehemías
2:1-6).
Análisis:
De hecho, (Mt 6;5-7) nos dice qué postura hemos de adoptar, en que ambiente hemos de hacerlo y cómo hemos de orar. Jesucristo nos viene a decir que no hemos de orar con "pose" para ser vistos de los hombres, ya que el aplauso o la estimación de estos será respuesta suficiente. Jesucristo está totalmente en contra de la oración exhibicionista del fariseísmo y de la "charlatanería" de los gentiles. Por otra parte, Jesucristo hace de nuevo referencia a estos temas en (Mt 18;19,20) (Mt 15; 21-28) (Mt 11;25) (Mc 7;24-30) (Lc 11;5-13) (Jn 11;41) (Jn 12;28).
s/TJ:
Análisis:
De hecho, (Mt 6;5-7) nos dice qué postura hemos de adoptar, en que ambiente hemos de hacerlo y cómo hemos de orar. Jesucristo nos viene a decir que no hemos de orar con "pose" para ser vistos de los hombres, ya que el aplauso o la estimación de estos será respuesta suficiente. Jesucristo está totalmente en contra de la oración exhibicionista del fariseísmo y de la "charlatanería" de los gentiles. Por otra parte, Jesucristo hace de nuevo referencia a estos temas en (Mt 18;19,20) (Mt 15; 21-28) (Mt 11;25) (Mc 7;24-30) (Lc 11;5-13) (Jn 11;41) (Jn 12;28).
s/TJ:
¿Qué asuntos podemos mencionar en nuestras
oraciones? La Biblia responde:
“No importa [...] lo que pidamos”, siempre que sea “conforme a su
voluntad, [Jehová] nos oye” (1 Juan
5:14). Así que podemos incluir cualquier asunto que esté
de acuerdo con la voluntad de Dios. Por ejemplo, ¿desea él que le contemos
nuestras preocupaciones? ¡Claro que sí! Orar a Jehová es como hablar con un
amigo íntimo. Podemos ‘derramarle nuestro corazón’, es decir, expresarle con
toda confianza lo que sentimos (Salmo 62:8).
También es apropiado pedirle que nos ayude con su espíritu santo a hacer lo que
está bien (Lucas 11:13).
Además, le rogamos que nos guíe para tomar buenas decisiones y que nos dé
fuerzas para aguantar las dificultades (Santiago 1:5).
Cuando pecamos, debemos suplicarle que nos perdone, teniendo en cuenta nuestra
fe en el sacrificio de Cristo (Efesios 1:3, 7).
Pero no oremos solo por nosotros, sino también por otras personas, como
nuestros familiares o hermanos cristianos (Hechos 12:5; Colosenses
4:12).
En nuestras oraciones debemos dar la
máxima importancia a las cuestiones relacionadas con Jehová Dios. Tenemos
razones de sobra para alabarlo y darle gracias de todo corazón por su gran
bondad (1 Crónicas
29:10-13). En Mateo 6:9-13 encontramos
la oración que Jesús dio como modelo. En ella se nos enseña a pedir que se
santifique el nombre de Dios, es decir, que se trate como algo santo o sagrado.
A continuación se pide que venga el Reino de Dios y que se haga la
voluntad divina en la Tierra como se hace en el cielo. Notemos que Jesús
incluye los asuntos personales después de mencionar estas cuestiones importantes
relacionadas con Jehová. Si nosotros también dejamos que Dios ocupe el lugar
más importante en nuestras oraciones, demostraremos que no estamos
interesados solo en nuestro bienestar.
Análisis:
Podemos orar por cualquier persona que
esté viva, no sólo por nuestros familiares y hermanos cristianos sino también
por cualquier otra persona que de alguna manera sufra una necesidad. Incluso
desconocidos personalmente –hambrientos del mundo, personas que viven en zonas
de guerra, enfermos en general, parados, etc, etc- pero que no por ello dejan
de ser, como todos, hijos de Dios y hermanos de Jesucristo. De alguna
manera cuando nosotros oramos por estas personas, estamos haciendo lo que
nosotros pedimos a los santos que hagan por nosotros, que intercedan ante Dios.
Y todos en comunión, tanto en un caso como en el otro, consigamos que Dios nos
conceda la gracia que solicitamos.
También podemos orar por los difuntos. Nuestra
oración en este caso, se fundamenta también en esa misma comunión de todos en
Cristo. Cuando oramos a Dios nos sentimos solidarios con todos los seres
humanos, también con los que viven ya en la eternidad de Dios. No se trata de
favorecer un culto morboso a los muertos. Tampoco de establecer con ellos una
supuesta relación de carácter espiritista. Es vivir con ellos una comunión
fraternal, que tiene su origen en ese amor eterno de Dios, que nos abarca a
todos y que la muerte no puede destruir.
Esos seres queridos, que fueron parte de
nuestra vida, están vivos para Dios. Por eso, los podemos seguir recordando y
amando. Nos hicieron bien mientras vivían con nosotros; hoy podemos, desde
Dios, agradecerles su amor. Tal vez, nos hicieron daño; hoy podemos expresarles
nuestro perdón. Los seguimos amando; podemos pedir por ellos. Es Dios quien
hace posible esos lazos y esa comunión real. Nuestro amor está sostenido y
animado por su amor eterno y universal.
s/TJ:
¿Cuánto deben durar nuestras
oraciones? La Biblia no pone límites a la
duración de las oraciones, sean privadas o públicas. Pueden ser cortas, como
las que hacemos antes de comer, o largas, como cuando le abrimos el corazón a
Jehová en privado (1 Samuel
1:12, 15).
No obstante, Jesús condenó a los santurrones que hacían oraciones
interminables para llamar la atención (Lucas
20:46, 47). Eso no impresiona a Jehová.
Lo importante es orar con sinceridad. Por lo tanto, la duración de las
oraciones dependerá de las necesidades y las circunstancias.
¿Con qué frecuencia debemos orar? La
Biblia nos dice: “Oren de continuo”, “perseveren en la
oración” y “oren incesantemente” (Mateo 26:41; Romanos
12:12;1 Tesalonicenses
5:17). Eso no quiere decir que vamos a pasar las
veinticuatro horas orando. Significa, más bien, que todos los días debemos
ofrecer oraciones a Jehová para darle gracias por su bondad y para pedirle que
nos guíe, consuele y dé fuerzas. ¡Qué bendición! Jehová nos permite orarle
todas las veces que queramos y por tanto tiempo como deseemos. Si valoramos el
privilegio de hablar con nuestro Padre celestial, encontraremos muchas
ocasiones para hacerlo.
¿Por qué deberíamos terminar diciendo
“amén”? Esa palabra significa “así sea”,
“ciertamente”. Hay ejemplos bíblicos que muestran que es conveniente finalizar
las oraciones personales y públicas diciendo “amén” (1 Crónicas
16:36; Salmo
41:13). Cuando decimos “amén” en privado, confirmamos que
nuestras palabras han sido sinceras. Cuando lo decimos en público (sea en
silencio o en voz alta), manifestamos que estamos de acuerdo con lo que se ha
expresado (1 Corintios
14:16).
¿CÓMO RESPONDE DIOS NUESTRAS ORACIONES?
¿De verdad responde Jehová nuestras
oraciones? ¡Por supuesto que sí! Tenemos buenas razones para confiar en que el
“Oidor de la oración” contesta las oraciones sinceras que le hacemos millones
de personas (Salmo 65:2).
Y su respuesta puede llegarnos de varias maneras.
Por ejemplo, para contestar las
oraciones, Jehová utiliza a sus ángeles y a los seres humanos que le sirven (Hebreos
1:13, 14). Muchas personas que han orado
pidiendo ayuda para entender la Biblia han recibido poco
después la visita de un siervo de Jehová. Tales experiencias indican que los
ángeles dirigen la predicación del Reino (Revelación
[Apocalipsis] 14:6). Por otra parte, cuando nos
encontramos en un momento de necesidad, Jehová puede contestar nuestras
oraciones impulsando a un cristiano a que nos ayude (Proverbios
12:25; Santiago
2:16).
Jehová Dios también responde las
oraciones de sus siervos mediante su espíritu
santo y su Palabra, la Biblia. Cuando le pedimos ayuda para superar algún
problema, él puede guiarnos y fortalecernos con su espíritu santo (2 Corintios
4:7). Y cuando le oramos para tomar buenas
decisiones, muchas veces nos contesta mediante las Santas Escrituras. Tal vez
encontremos versículos útiles durante nuestro estudio personal de la Biblia o
al leer publicaciones cristianas, como este libro. Además, es posible que se
nos recuerden los principios bíblicos que debemos tener en cuenta. Esto pudiera
ocurrir, por ejemplo, cuando asistimos a una reunión cristiana o cuando nos
aconseja un anciano de la congregación que se preocupa por nosotros (Gálatas 6:1).
A veces pudiera parecernos que Jehová
tarda en contestar nuestras súplicas, pero eso no quiere decir que
no pueda responderlas. Recordemos que Jehová nos contestará de la manera y
en el momento que él crea convenientes. Él conoce bien nuestras necesidades y
sabe cómo satisfacerlas mejor que nosotros mismos. Muchas veces deja que
sigamos “pidiendo”, “buscando” y “tocando” (Lucas 11:5-10).
Si así lo hacemos, le demostraremos que nuestro deseo es intenso y nuestra fe
es auténtica. Además, tal vez Jehová nos conteste de una forma que
no resulte evidente para nosotros. Por ejemplo, si le oramos porque se nos
ha presentado cierta dificultad, es posible que en vez de eliminarla, nos dé
las fuerzas para aguantarla (Filipenses
4:13).
Estamos muy agradecidos al Creador del
inmenso universo, pues está cerca de todos los que lo invocamos orándole como
él desea (Salmo 145:18).
Aprovechemos bien el gran privilegio de la oración. Si lo hacemos, tendremos la
satisfacción de saber que podremos acercarnos cada vez más a Jehová, el
Oidor de la oración.
Análisis:
S. Ambrosio, dijo: "A Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras" (S.Ambrosio, aff.1,88)(DV 25)