sábado, 23 de agosto de 2014

¿QUÉ ENSEÑA REALMENTE LA BIBLIA? CAPÍTULO 17 LA ORACIÓN NOS ACERCA A DIOS

¿QUÉ ENSEÑA REALMENTE LA BIBLIA? CAPÍTULO 17. LA ORACIÓN NOS ACERCA A DIOS.
s/TJ:
En comparación con el inmenso universo, nuestro planeta es muy pequeño. De hecho, para Jehová, “el Hacedor del cielo y de la tierra”, las naciones son como una diminuta gota de agua de un balde (Salmo 115:15; Isaías 40:15). Sin embargo, la Biblia dice que “Jehová está cerca de todos los que lo invocan, de todos los que lo invocan en apego a la verdad”, y que él cumplirá “el deseo de los que le temen, y oirá su clamor por ayuda” (Salmo 145:18, 19). Piense en el significado de estas palabras. El Creador todopoderoso está cerca de nosotros y nos oirá si “lo invoca [mos] en apego a la verdad”, es decir, con fidelidad. ¡Qué privilegio tenemos de poder orarle!

No obstante, si queremos que Jehová escuche nuestras oraciones, debemos orarle de la manera que él aprueba. Pero ¿cómo vamos a hacerlo si no sabemos lo que enseña la Biblia sobre la oración? Es vital que lo sepamos, pues la oración nos acerca a Jehová.
¿POR QUÉ DEBEMOS ORAR A JEHOVÁ?
Una razón importante por la que debemos orar a Jehová  es que él nos invita a hacerlo. Su Palabra dice: “No se inquieten por cosa alguna, sino que en todo, por oración y ruego junto con acción de gracias, dense a conocer sus peticiones a Dios; y la paz de Dios que supera a todo pensamiento guardará sus corazones y sus facultades mentales mediante Cristo Jesús” (Filipenses 4:6, 7). Seguramente, no queremos rechazar una invitación tan bondadosa del Gobernante Supremo del universo.

Otra razón por la que debemos orar es que cuando lo hacemos con frecuencia, se estrecha nuestra relación con Jehová. Los buenos amigos no se comunican solo cuando necesitan algo, sino en cualquier momento, porque se interesan el uno en el otro. Su amistad se va fortaleciendo a medida que se expresan con toda libertad sus pensamientos, preocupaciones y sentimientos. En cierto sentido, algo parecido ocurre con nuestra relación con Jehová. Gracias a este libro, usted ha aprendido mucho sobre lo que la Biblia enseña acerca de Jehová, su personalidad y su propósito.  Ha llegado a ver a Dios como una persona real. Pues bien, la oración le permite expresar a su Padre celestial sus pensamientos y sentimientos más íntimos. Y de esa forma se acercará más a él (Santiago 4:8).
¿QUÉ CONDICIONES HAY QUE CUMPLIR?
¿Escucha Jehová todas las oraciones? Fíjese en lo que les dijo a los israelitas rebeldes que vivían en el tiempo del profeta Isaías: “Aunque hagan muchas oraciones, no escucho; sus mismas manos se han llenado de derramamiento de sangre” (Isaías 1:15). Así que si nos comportamos de una manera que Dios no aprueba, él no escuchará nuestras oraciones. Por tanto, para que sí las escuche, debemos cumplir algunas condiciones básicas.

Una condición esencial es tener fe (Marcos 11:24). El apóstol Pablo escribió: “Sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan” (Hebreos 11:6, Nueva Versión Internacional). Sin embargo, para tener fe verdadera no basta con saber que Dios existe y que escucha y responde las oraciones. La fe se demuestra con acciones. En nuestro modo de vida debe notarse claramente que tenemos fe (Santiago 2:26).

Análisis:

“Si alguno de vosotros se halla falto de sabiduría, pídala a Dios, que a todos da largamente y sin reproche, y le será otorgada. Pero pida con fe, sin vacilar en nada, que quien vacila es semejante a las olas del mar, movidas por el viento,  y llevadas de una a otra parte. Hombre semejante no piense que recibirá nada de Dios” (Sant 1;5.6). Sobre este tema, los TJ comentan en la contraportada de  La Atalaya 1 de agosto de 2013: “Debemos estar convencidos de que Dios existe y se preocupa por nosotros. Para lograrlo tenemos que estudiar su Palabra, pues la fe se basa en las pruebas que encontramos en ella”.
O sea, según los TJ si no tenemos fe, por más que oremos Dios no nos escuchará. Por consiguiente, si queremos que nos escuche y así estar convencidos de que Dios existe y se preocupa por nosotros, hemos de lograr tener fe y, para ello, hemos de estudiar la Palabra pues la fe se basa en las pruebas que encontramos en ella.
Asimismo, ya en La Atalaya  del 1.12.1959, pág 725, los TJ nos decían: “Tal vez una persona crea que no puede ser TJ porque no tiene bastante fe para hacerlo. Tal vez no se dé cuenta de que la fe se edifica sobre conocimiento y  ella -esa persona-  no se ha esforzado por adquirir el conocimiento que tiene que ver con el significado y razón para el bautismo. Primero tiene que colocarse el fundamento del conocimiento, y luego al ejercer la persona ese conocimiento resultará la fe (...) Porque la Escritura  dice: “cualquiera que invoque el nombre de Jehová será salvo'. Sin embargo, ¿cómo invocarán a aquél en quien no han puesto su fe? ¿Cómo, en cambio, pondrán su fe en aquél de quien no han oído? ¿Cómo, en cambio, oirán sin alguien que predique? ¿Cómo, en cambio, predicarán a menos que sean enviados?" (Rm 10;10-15).
El proceso descrito en (Rom 10;10-15), es claro: Alguien es enviado a predicarnos la Palabra. Esta Palabra es oída por cualquiera que quiera escucharla. Oiremos hablar de Dios. Quizás pongamos entonces nuestra fe en Él y lo invoquemos. Y si lo invocamos entonces seremos salvo. Analicemos este último párrafo:
Alguien es enviado a predicarnos la Palabra.  Es verdad. Dice Mt en las últimas palabras de su Evangelio (28;16-20) (NM): “Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús les había ordenado y cuando le vieron le rindieron homenaje, mas algunos dudaron. Jesús se acercó y les habló, diciendo: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y sobre la tierra. Por lo tanto, vayan y hagan discípulos de gente de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del espíritu santo, enseñándoles a observar todas las cosas que yo les he mandado. Y, ¡miren! Estoy con ustedes todos los días hasta la conclusión del sistema de cosas” ¿Cómo demuestran los TJ que sus predicadores están en la línea de la sucesión de aquellos once discípulos, que lógicamente no iban a vivir dos mil años, pero que en cambio, recibieron la promesa de que Jesucristo estaría con ellos hasta la consumación de este sistema de cosas?  Porque si no pueden probar su entronque con la predicación de los once discípulos, tampoco podrán ser considerados entre los enviados a predicar la Palabra y por tanto se revelarán como mensajeros no autorizados y engañosos (2Cor 11;13)(Tit 1;11)

Esta palabra es oída por cualquiera que quiera escucharla. Aunque Pablo sólo habla de oír, es verdad que a lo largo de los años, algunos apóstoles de Jesús y otros santos varones que les acompañaban, elaboraron cartas y otros escritos que contenían la vida y la palabra de Jesús, según ellos vieron, oyeron y entendieron. Pero una cosa no quita la otra. A lo largo de los primeros años después de Cristo, sus apóstoles sólo transmitieron la Palabra de forma oral. Después oral y escrita a fin de ser más eficaces, pero no para que un medio anulara al otro. ¿O es que Jesús ordenó que se escribiera de alguna manera su doctrina en un libro y se prescindiera de la palabra oral?. Todo lo contrario. Los TJ para defender alguna de sus doctrinas han argüido cuando lo han creído oportuno, el razonamiento de que una determinada cuestión no es verdad porque no está en la Biblia. Pues aquí tienen otra… pero en su contra. 

Oiremos hablar de Dios. Quizá de dioses distintos según sea el predicador… Quizás pongamos entonces nuestra fe en Él y lo invoquemos. Es el primer paso positivo: que surja nuestra fe, nuestro deseo, nuestro anhelo… seguro que Dios ya está predispuesto a escucharnos. Pero todavía falta Su aceptación definitiva. Para obtener la fe que sea capaz de mover montañas, es preciso que Dios se fije en nosotros y nos dé el don definitivo de la FE con mayúsculas  (Ef 2;8) (Rom 11;6). Es necesario que la pidamos que la supliquemos…que surja de nuestro corazón y de nuestra voluntad. No se trata de estudiar más y más la Biblia, o de completar uno o cincuenta cursos sobre la misma. Se trata, como dice Jesucristo, de tener solamente tanta fe como un grano de mostaza (Lc 17;5-6) dando a entender con ello, que tener FE no es una cuestión de cantidad sino de calidad. Tiene que ser verdadera fe, o sea, confianza total en Dios y en su Hijo Jesucristo y en su poder. La mayoría de veces nos quedamos en una simple fe razonada, intelectual en la que nuestra voluntad no llega a ser removida en el seguimiento de Cristo. 

También debe tenerse en cuenta que muchas personas llegan  a este primer paso de empezar a sentir la presencia de un Ser superior, con sólo observar la naturaleza y el cielo de una noche serena. Dios no se manifiesta sólo a través de la palabra oral o escrita, también lo hace a través de su creación, muchas veces más convincente que el mejor de los predicadores. También la petición y la súplica de estas personas puede conseguir de Dios una FE inquebrantable que las sitúe en el camino de la salvación. 

Claro que los TJ pretenden llegar a la FE con mayúsculas que nos exige Jesucristo (Lc 17;5-6) solamente a través de los estudios que ellos proponen, porque no aceptan –a pesar de que la Biblia lo dice claramente, según hemos visto en (Ef 2;8) (Rom 11;6)- que la FE es un don de Dios. Así en La Atalaya del 1/11/67, pág 653, se puede leer: “Debe tenerse presente que la fe no es un don, sino, más bien, es una cualidad que tiene que cultivarse.”  Totalmente contrario a (Ef 2;8). Y en “Programas de estudio” del 15.3.70, págs 165-168, los TJ nos dicen: “Ahora bien, si el conocimiento que adquirimos de Dios no es exacto, no obtendremos fe”. O sea, dicho claramente, si no seguimos los cursos que ellos imparten o no aceptamos su interpretación de la Biblia, que, por ejemplo,  podemos conocer en el libro que estamos analizando: ¿Qué enseña realmente la Biblia?, no llegaremos nunca a tener fe.   

Y si lo invocamos entonces seremos salvo.  Aquí ya es Dios quien decide si nuestra invocación es merecedora de llegar a ser salvos.
La fuerza de la oración se refleja en (Mc 11;23-26) (Mt 21;21,22)

s/TJ:
Otra condición que pone Jehová es que la oración se haga con humildad y sinceridad. ¿Y no es verdad que tenemos muchas razones para ser humildes al hablar con Dios? Cuando la gente tiene la oportunidad de conversar con un rey o un presidente, suele hacerlo con respeto, pues reconoce la elevada posición que ocupa esa persona. Sin  duda, Jehová merece que nos dirijamos a él con mucho más respeto (Salmo 138:6). Al fin y al cabo, es el “Dios Todopoderoso” (Génesis 17:1). Nuestra forma de hablarle debe indicar que reconocemos humildemente que somos muy inferiores a él. Dicha humildad también nos impulsará a orarle con toda sinceridad y a no hacerlo mecánicamente ni repetir siempre lo mismo (Mateo 6:7, 8).

Análisis:
Recordemos las palabras de Jesucristo:  “Cuando os pusiereis en pie para orar si tenéis alguna cosa contra alguien, perdonadlo primero, para que vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone a vosotros vuestros pecados. Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre, que está en los cielos, os perdonará vuestras ofensas” (Mc 11;25)
La oración de la mayoría de las personas es la que llamamos «oración vocal». Una oración hecha con los labios, repitiendo fórmulas casi siempre antiguas y venerables. Una oración que, recitada a veces de forma distraída y aprisa, es, sin embargo, la oración más frecuente y habitual. ¿Cómo rezar estas oraciones?

Se piensa a veces que esta forma de rezar es la oración de los que no son capaces de una oración más elevada. La oración de la gente a la que falta preparación o conocimientos más profundos. Es un error pensar así. La oración vocal no excluye la atención de la mente y el afecto. Al contrario, santa Teresa dice que esta oración requiere «advertencia», darnos cuenta de lo que estamos diciendo, y exige, sobre todo, esa actitud básica de amor a Dios. Por otra parte, es impensable una oración puramente mental o callada, sin que se encarne alguna vez en palabras. Lo que hay en nuestro corazón termina resonando en nuestros labios. Y son precisamente las palabras dichas, susurradas, gritadas o cantadas con la voz y la tonalidad de cada uno, las que nos permiten comunicarnos con Dios de verdad, en cuerpo y alma.

Todos utilizamos fórmulas heredadas de generaciones anteriores para dirigirnos a Dios. Repetimos los salmos y las plegarias que rezaron creyentes de otros tiempos. Repetimos, sobre todo, el «Padre nuestro», la oración que nos enseñó Jesús. Es bueno ayudarnos con esas palabras para dirigirnos a Dios. Pero no hemos de olvidar que la oración es algo personal. Ningún otro puede orar en mi nombre. Esas palabras las he de hacer mías, si quiero elevar mi corazón a Dios. Detrás de esas fórmulas he de estar yo, con mi súplica o mi alabanza, mi agradecimiento o mi queja.

La mejor manera de «hacer mías» esas oraciones es detenerme alguna vez a recitarlas lentamente, frase a frase, tomando conciencia de lo que digo y saboreando su contenido. No se trata de multiplicar «padrenuestros» y «avemarías» de cualquier manera, sino de comunicarnos con Dios. Es, sobre todo, esa oración la que hemos. de hacer propia. Primero, esos tres grandes deseos de todo discípulo de Jesús: ¡Que «sea santificado tu nombre», no el mío! ¡Que «venga tu reino», no el nuestro! ¡Que «se haga tu voluntad», no la mía! Y luego, las cuatro grandes peticiones del cristiano: «Danos nuestro pan de cada día», a todos. «Perdónanos nuestras ofensas», y ayúdanos a perdonar. «No nos dejes caer en la tentación». «Líbranos del mal», de todo mal.

Algunos veces los TJ muestran en apoyo de su condición de no repetir palabras en la oración, el versículo (Mt 6;7): “Mas al orar, no digas las mismas cosas repetidas veces, así como las gentes de las naciones, porque ellos se imaginan que por su uso de muchas palabras se harán oír” (NM). Pero veamos la traducción literal del griego y que cada uno saque sus conclusiones: “Y cuando estéis orando, no parloteéis sin medida, como los gentiles porque les parece que en el mucho hablar de ellos, serán escuchados”. ¿Es parlotear sin medida, o decir palabras vanas repetirle al Padre las palabras que Jesucristo nos enseñó que dijéramos? ¿Acaso en nuestra vida personal es parlotear sin medida  o decir palabras vanas repetir una y mil veces con palabras agradables que nuestra novia o nuestra esposa es guapa y que las queremos con todo el corazón? ¿Por qué no podemos repetirle a la Virgen,  todas las veces que queramos y nos salga del corazón que es Bienaventurada porque está llena de gracia y que es bendita entre todas las mujeres? Es fácil interpretar las palabras de (Mt 6;7) si como nos repiten muchas veces los TJ, las dejamos que hablen por sí mismo sin forzar su interpretación. Los TJ son especialistas en conseguir con sus traducciones e interpretaciones, que la Biblia diga lo que ellos quieren que diga.

Precisamente, dos versículos después (Mt 6;9 y ss) Jesús da la Oración del Señor (el Padrenuestro). Esta es una oración central en la vida de oración católica. No es ni vacía, ni pagana. Es santa, honorable y merece ser repetida por su significado.

Si hasta los ángeles están repitiendo eternamente, día y noche: "Santo, Santo, Santo" en la presencia de Dios (Ap.4,8). ¿Es acaso vacío o pagano esto? Dios se complace en ello. 

s/TJ:

Otra condición para que Dios nos escuche es que hagamos todo lo posible por actuar de acuerdo con nuestras oraciones. Por ejemplo, si le pedimos a Jehová “nuestro pan para este día”, debemos trabajar duro en cualquier empleo que hallemos, siempre y cuando podamos realizarlo (Mateo 6:11; 2 Tesalonicenses 3:10). Igualmente, si le rogamos que nos ayude a vencer una debilidad, tenemos que evitar situaciones que pudieran someternos a una tentación (Colosenses 3:5). Pero además de conocer estas condiciones básicas para orar a Dios, necesitamos saber la respuesta a algunas preguntas sobre la oración.

PREGUNTAS SOBRE LA ORACIÓN

¿A quién debemos orar? Jesús enseñó a sus discípulos a orar así: “Padre nuestro que estás en los cielos” (Mateo 6:9). Por lo tanto, debemos dirigir nuestras oraciones únicamente a Jehová Dios. Sin embargo, él quiere que reconozcamos la posición que ocupa su Hijo unigénito, Jesucristo. Como vimos en el capítulo 5, Jehová envió a Jesús a la Tierra para que fuera el rescate que nos liberara del pecado y la muerte (Juan 3:16; Romanos 5:12). Además, lo nombró Sumo Sacerdote y Juez (Juan 5:22; Hebreos 6:20). Por eso, las Escrituras nos dicen que oremos mediante Jesús. Él mismo dijo: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6). Para  que nuestras oraciones sean escuchadas, deben ir dirigidas únicamente a Jehová por medio de su Hijo.

Análisis:
En primer lugar debemos decir que los Testigos de Jehová  no aceptan la devoción a los santos porque sencillamente no tienen santos. Por lo tanto es difícil que puedan entender que de alguna manera los católicos nos relacionemos con ellos en nuestras oraciones. Para los Testigos de Jehová cuando alguien muere, queda sin conocimiento durmiendo en el Sheol o Hades simbólico. Por lo tanto es inútil que lo invoquemos porque no nos oye, no tiene conocimiento de nada. Pero los católicos, sabemos que cuando uno muere, si es merecedor por su vida de ello, su alma está ya con Jesús y de alguna manera, los que seguimos con vida aquí en la tierra, estamos unidos a él en una comunión permanente ante Dios, recibiendo de Él la salvación por medio de Cristo.

Interceder es pedir a favor de otros, es desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. En la intercesión el que ora busca no su propio interés sino el de los demás (Flp 2;4) hasta rogar por los que le hacen mal (Hech 7;60) (Lc 23;28,34). Las primeras comunidades cristianas vivieron intensamente esta forma de participación: (Hech 12;5) (Hech 20;36) (Hech 21;5) (2Cor 9;14) (Ef 6;18-20) (Col 4;3,4) (1Tes 5;25 ) (2Tes 1;11) (Col 1;3) (Flp 1;3,4) (1Tim 2;1) (Rom 12;14) (Rom 10;1) (Sant 5;16)

La liturgia de la Iglesia nunca se dirige a los santos (ni a la Virgen María) para que sean fuente de gracia para nosotros, sino que implora su «intercesión» ante Dios: «Rogad por nosotros». Los santos no son mediadores entre Dios y nosotros. Son amigos de Jesucristo y hermanos nuestros. Cuando invocamos a los santos, no los interponemos entre Dios y nosotros, sino que nos dirigimos a Dios intensificando nuestra comunión con ellos. Todo lo recibimos de Dios por medio de Cristo, pero esa única mediación no excluye, sino que suscita en las criaturas una colaboración diversa que participa de la única fuente.

La devoción a un santo concreto tiene su lugar en nuestra vida cristiana sobre todo cuando contribuye a reafirmar nuestro seguimiento a Cristo en algún aspecto concreto de la vida evangélica. ¿Por qué no implorar la intercesión de san Francisco de Asís para aspirar a una vida más fraterna y pacífica?, ¿por qué no acudir a san Ignacio de Loyola en momentos de discernimiento y conversión, o a san Francisco Javier para acrecentar nuestro espíritu evangelizador?, etc, etc

Con relación a María, hemos de decir que siempre ha habido en nuestro pueblo una devoción grande y sincera a María. Son bastantes los que, en momentos de especial importancia o dificultad, acuden a ella casi de forma espontánea.

María, antes que nada, ha de ser para nosotros modelo de oración cristiana. Ella nos puede enseñar a buscar y aceptar en la oración la voluntad de Dios, incluso cuando no entendemos nada de lo que nos está ocurriendo: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra» (Lc 1, 38). Ella nos puede iniciar a descubrir en nuestra vida motivos para la alabanza a Dios: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador» (Lc 1, 46-47). De ella aprendemos también a quejarnos al Señor en momentos de oscuridad y búsqueda: «Hijo, ¿por qué hiciste esto con nosotros?» (Lc 2, 48). María nos enseña a orar intercediendo por los necesitados: «Dijo a Jesús: No tienen vino... Haced lo que él os diga» (Jn 2, 3. 5). Ella es modelo de meditación e interiorización del misterio cristiano: «María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19).

También acudimos a María para encontrarnos con Dios. Principalmente, nuestra oración se dirige directamente a Dios a través de Jesucristo. Pero la encarnación de Dios en Jesús realizada en María confiere a nuestra relación con ella un carácter propio. María, la Madre de Jesús, es también Madre de quienes somos «hermanos» de Cristo. Por eso, aunque nuestra oración se dirige a Dios y aunque Jesucristo es nuestro único mediador, asociamos en nuestra oración a María, la elegida por el Padre para ser Madre de su Hijo. Podemos invocarla realmente como Madre, Auxiliadora, Socorro. Ella, sin disminuir en nada la mediación de su Hijo, sino recibiéndolo todo del Padre por medio de él, puede interceder maternalmente por nosotros.

La devoción a María en sus múltiples formas (rosario, Ángelus, visitas a santuarios, festividades...), lejos de distanciarnos de Dios o de Cristo, nos atrae hacia su Hijo Jesús y hacia el amor al Padre.

Aunque Jesús es el único mediador ante el Padre a favor de todos los hombres y de los pecadores en particular: (Rom 8;34) (1Jn 2;1) (1Tim 2;5,6) (Hb 7;25) (Rom 8;26,27), Él mismo nos anima a que también le pidamos directamente a Él aquello que necesitemos:
(Jn 4; 10) (Jn 14;14). De todas maneras, los TJ, expertos en la manipulación de los versículos de la Biblia que enaltecen a Jesús para reducirle su gloria, ya se cuidan en su patética traducción del Nuevo Mundo, de que el texto sea debidamente amañado para que no sea el propio Jesús el dispensador de la gracia que ganó para nosotros a través de su muerte y resurrección. Pueden comparar cada uno de estos dos textos  según aparecen en el Nuevo Mundo y en cualquier otra Biblia de las que Vds pueden manejar.

s/TJ:

¿Hay que adoptar una postura especial? No. Jehová no nos pide que pongamos de cierta manera las manos o el cuerpo entero. La Biblia enseña que hay varias posturas adecuadas para orar. Por ejemplo, la persona puede estar sentada, inclinada, arrodillada o de pie (1 Crónicas 17:16; Nehemías 8:6; Daniel 6:10; Marcos 11:25). Lo que de verdad importa no es adoptar una postura para que nos vean, sino tener la debida actitud. De hecho, podemos orar en silencio y en cualquier lugar, tanto si estamos realizando nuestras labores habituales como si surge una emergencia. Puede que nadie se dé cuenta de que estamos orando, pero Jehová sí nos escucha (Nehemías 2:1-6).

Análisis:

De hecho, (Mt 6;5-7) nos dice qué postura hemos de adoptar, en que ambiente hemos de hacerlo y cómo hemos de orar. Jesucristo nos viene a decir que no hemos de orar con "pose" para ser vistos de los hombres, ya que el aplauso o la estimación de estos será respuesta suficiente. Jesucristo está totalmente en contra de la oración exhibicionista del fariseísmo y de la "charlatanería" de los gentiles. Por otra parte, Jesucristo hace de nuevo referencia a estos temas en (Mt 18;19,20) (Mt 15; 21-28) (Mt 11;25) (Mc 7;24-30) (Lc 11;5-13) (Jn 11;41) (Jn 12;28). 

s/TJ:

¿Qué asuntos podemos mencionar en nuestras oraciones? La Biblia responde: “No importa [...] lo que pidamos”, siempre que sea “conforme a su voluntad, [Jehová] nos oye” (1 Juan 5:14). Así que podemos incluir cualquier asunto que esté de acuerdo con la voluntad de Dios. Por ejemplo, ¿desea él que le contemos nuestras preocupaciones? ¡Claro que sí! Orar a Jehová es como hablar con un amigo íntimo. Podemos ‘derramarle nuestro corazón’, es decir, expresarle con toda confianza lo que sentimos (Salmo 62:8). También es apropiado pedirle que nos ayude con su espíritu santo a hacer lo que está bien (Lucas 11:13). Además, le rogamos que nos guíe para tomar buenas decisiones y que nos dé fuerzas para aguantar las dificultades (Santiago 1:5). Cuando pecamos, debemos suplicarle que nos perdone, teniendo en cuenta nuestra fe en el sacrificio de Cristo (Efesios 1:3, 7). Pero no oremos solo por nosotros, sino también por otras personas, como nuestros  familiares o hermanos cristianos (Hechos 12:5; Colosenses 4:12).

En nuestras oraciones debemos dar la máxima importancia a las cuestiones relacionadas con Jehová Dios. Tenemos razones de sobra para alabarlo y darle gracias de todo corazón por su gran bondad (1 Crónicas 29:10-13). En Mateo 6:9-13 encontramos la oración que Jesús dio como modelo. En ella se nos enseña a pedir que se santifique el nombre de Dios, es decir, que se trate como algo santo o sagrado. A continuación se pide que venga el Reino de Dios y que se haga la voluntad divina en la Tierra como se hace en el cielo. Notemos que Jesús incluye los asuntos personales después de mencionar estas cuestiones importantes relacionadas con Jehová. Si nosotros también dejamos que Dios ocupe el lugar más importante en nuestras oraciones, demostraremos que no estamos interesados solo en nuestro bienestar.

Análisis:

Podemos orar por cualquier persona que esté viva, no sólo por nuestros familiares y hermanos cristianos sino también por cualquier otra persona que de alguna manera sufra una necesidad. Incluso desconocidos personalmente –hambrientos del mundo, personas que viven en zonas de guerra, enfermos en general, parados, etc, etc- pero que no por ello dejan de ser, como todos,  hijos de Dios y hermanos de Jesucristo. De alguna manera cuando nosotros oramos por estas personas, estamos haciendo lo que nosotros pedimos a los santos que hagan por nosotros, que intercedan ante Dios. Y todos en comunión, tanto en un caso como en el otro, consigamos que Dios nos conceda la gracia que solicitamos.

También podemos orar por los difuntos. Nuestra oración en este caso, se fundamenta también en esa misma comunión de todos en Cristo. Cuando oramos a Dios nos sentimos solidarios con todos los seres humanos, también con los que viven ya en la eternidad de Dios. No se trata de favorecer un culto morboso a los muertos. Tampoco de establecer con ellos una supuesta relación de carácter espiritista. Es vivir con ellos una comunión fraternal, que tiene su origen en ese amor eterno de Dios, que nos abarca a todos y que la muerte no puede destruir.

Esos seres queridos, que fueron parte de nuestra vida, están vivos para Dios. Por eso, los podemos seguir recordando y amando. Nos hicieron bien mientras vivían con nosotros; hoy podemos, desde Dios, agradecerles su amor. Tal vez, nos hicieron daño; hoy podemos expresarles nuestro perdón. Los seguimos amando; podemos pedir por ellos. Es Dios quien hace posible esos lazos y esa comunión real. Nuestro amor está sostenido y animado por su amor eterno y universal.

s/TJ:

¿Cuánto deben durar nuestras oraciones? La Biblia no pone límites a la duración de las oraciones, sean privadas o públicas. Pueden ser cortas, como las que hacemos antes de comer, o largas, como cuando le abrimos el corazón a Jehová en privado (1 Samuel 1:12, 15). No obstante, Jesús condenó a los santurrones que hacían oraciones interminables para llamar la atención (Lucas 20:46, 47). Eso no impresiona a Jehová. Lo importante es orar con sinceridad. Por lo tanto, la duración de las oraciones dependerá de las necesidades y las circunstancias.

¿Con qué frecuencia debemos orar? La Biblia nos dice: “Oren de continuo”, “perseveren en la oración” y “oren  incesantemente” (Mateo 26:41; Romanos 12:12;1 Tesalonicenses 5:17). Eso no quiere decir que vamos a pasar las veinticuatro horas orando. Significa, más bien, que todos los días debemos ofrecer oraciones a Jehová para darle gracias por su bondad y para pedirle que nos guíe, consuele y dé fuerzas. ¡Qué bendición! Jehová nos permite orarle todas las veces que queramos y por tanto tiempo como deseemos. Si valoramos el privilegio de hablar con nuestro Padre celestial, encontraremos muchas ocasiones para hacerlo.

¿Por qué deberíamos terminar diciendo “amén”? Esa palabra significa “así sea”, “ciertamente”. Hay ejemplos bíblicos que muestran que es conveniente finalizar las oraciones personales y públicas diciendo “amén” (1 Crónicas 16:36; Salmo 41:13). Cuando decimos “amén” en privado, confirmamos que nuestras palabras han sido sinceras. Cuando lo decimos en público (sea en silencio o en voz alta), manifestamos que estamos de acuerdo con lo que se ha expresado (1 Corintios 14:16).

¿CÓMO RESPONDE DIOS NUESTRAS ORACIONES?

¿De verdad responde Jehová nuestras oraciones? ¡Por supuesto que sí! Tenemos buenas razones para confiar en que el “Oidor de la oración” contesta las oraciones sinceras que le hacemos millones de personas (Salmo 65:2). Y su respuesta puede llegarnos de varias maneras.

Por ejemplo, para contestar las oraciones, Jehová utiliza a sus ángeles y a los seres humanos que le sirven (Hebreos 1:13, 14). Muchas personas que han orado pidiendo  ayuda para entender la Biblia han recibido poco después la visita de un siervo de Jehová. Tales experiencias indican que los ángeles dirigen la predicación del Reino (Revelación [Apocalipsis] 14:6). Por otra parte, cuando nos encontramos en un momento de necesidad, Jehová puede contestar nuestras oraciones impulsando a un cristiano a que nos ayude (Proverbios 12:25; Santiago 2:16).

Jehová Dios también responde las oraciones de sus  siervos mediante su espíritu santo y su Palabra, la Biblia. Cuando le pedimos ayuda para superar algún problema, él puede guiarnos y fortalecernos con su espíritu santo (2 Corintios 4:7). Y cuando le oramos para tomar buenas decisiones, muchas veces nos contesta mediante las Santas Escrituras. Tal vez encontremos versículos útiles durante nuestro estudio personal de la Biblia o al leer publicaciones cristianas, como este libro. Además, es posible que se nos recuerden los principios bíblicos que debemos tener en cuenta. Esto pudiera ocurrir, por ejemplo, cuando asistimos a una reunión cristiana o cuando nos aconseja un anciano de la congregación que se preocupa por nosotros (Gálatas 6:1).

A veces pudiera parecernos que Jehová tarda en contestar nuestras súplicas, pero eso no quiere decir que no pueda responderlas. Recordemos que Jehová nos contestará de la manera y en el momento que él crea convenientes. Él conoce bien nuestras necesidades y sabe cómo satisfacerlas mejor que nosotros mismos. Muchas veces deja que sigamos “pidiendo”, “buscando” y “tocando” (Lucas 11:5-10). Si así lo hacemos, le demostraremos que nuestro deseo es intenso y nuestra fe es auténtica. Además, tal vez Jehová nos conteste de una forma que no resulte evidente para nosotros. Por ejemplo, si le oramos porque se nos ha presentado cierta dificultad, es posible que en vez de eliminarla, nos dé las fuerzas para aguantarla (Filipenses 4:13).

Estamos muy agradecidos al Creador del inmenso universo, pues está cerca de todos los que lo invocamos orándole como él desea (Salmo 145:18). Aprovechemos bien el gran privilegio de la oración. Si lo hacemos, tendremos la satisfacción de saber que podremos acercarnos cada vez más a Jehová, el Oidor de la oración.

Análisis:

S. Ambrosio, dijo: "A Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras" (S.Ambrosio, aff.1,88)(DV 25)