s/TJ:
Si la Palabra o el Verbo no fue la primera criatura viva a quien Dios creó, ¿quién, entonces, es el primer Hijo creado de Dios, y cómo ha sido honrada esta primera creación y usada como el primero de la familia de los hijos de Dios en ser hecho?
No conocemos a ningún otro sino al Verbo o la Palabra, "El Verbo de Dios". Como una palabra es producida por uno que habla, la Palabra o Verbo es creación de Dios, la primera creación de Dios. ("La Atalaya" de 15.3.63, pág 185-186)
Análisis:
Los TJ insisten en que tiene que haber por alguna parte un primer Hijo de Dios creado, a pesar, insisto también yo, que la Biblia no lo dice ni directa, ni indirectamente.
Cuando una persona habla, no "crea" palabras. Las palabras no salen de la nada. "Palabra, imagen, sabiduría, sustancia, reflejo" son expresiones dirigidas al Verbo, a Jesús, que de ninguna manera dan idea de creación, sino de igualdad necesaria en la eternidad. Indican, sí, una procedencia, de ahí que dentro de la misma naturaleza sea posible distinguir desde la eternidad, un Padre y un Hijo. Y sin forzar la Biblia, tratando de elegir la interpretación más adecuada a los diversos contextos, toda esta maravilla se nos muestra con suficiente nitidez.
Y no perdamos de vista que Jesús es "el Hijo de Dios" y nosotros "venimos a ser hijos de Dios". Que Jesús es "la imagen de Dios" mientras nosotros fuimos creados "a imagen de Dios", no es lo mismo, ni mucho menos.
Si la Palabra o el Verbo no fue la primera criatura viva a quien Dios creó, ¿quién, entonces, es el primer Hijo creado de Dios, y cómo ha sido honrada esta primera creación y usada como el primero de la familia de los hijos de Dios en ser hecho?
No conocemos a ningún otro sino al Verbo o la Palabra, "El Verbo de Dios". Como una palabra es producida por uno que habla, la Palabra o Verbo es creación de Dios, la primera creación de Dios. ("La Atalaya" de 15.3.63, pág 185-186)
Análisis:
Los TJ insisten en que tiene que haber por alguna parte un primer Hijo de Dios creado, a pesar, insisto también yo, que la Biblia no lo dice ni directa, ni indirectamente.
Cuando una persona habla, no "crea" palabras. Las palabras no salen de la nada. "Palabra, imagen, sabiduría, sustancia, reflejo" son expresiones dirigidas al Verbo, a Jesús, que de ninguna manera dan idea de creación, sino de igualdad necesaria en la eternidad. Indican, sí, una procedencia, de ahí que dentro de la misma naturaleza sea posible distinguir desde la eternidad, un Padre y un Hijo. Y sin forzar la Biblia, tratando de elegir la interpretación más adecuada a los diversos contextos, toda esta maravilla se nos muestra con suficiente nitidez.
Y no perdamos de vista que Jesús es "el Hijo de Dios" y nosotros "venimos a ser hijos de Dios". Que Jesús es "la imagen de Dios" mientras nosotros fuimos creados "a imagen de Dios", no es lo mismo, ni mucho menos.
s/TJ:
Además se le llama “la Palabra” (Jn 1;14). Este título muestra que era el encargado de hablar en nombre de su Padre.
Análisis:
Debemos empezar recordando que, en griego, "logos" tiene dos significados: palabra y razón y ambos se entretejen juntamente. Comencemos por el trasfondo judío de esta palabra. En el pensamiento judío, una palabra no era simplemente un sonido articulado que expresa una idea, la palabra hacía cosas. La palabra de Dios no es un mero sonido: es una causa eficiente.
En el relato de la creación, como luego veremos, la palabra de Dios crea. Dios dijo: sea la luz; y fue la luz. (Gn 1;3). Por la palabra de Dios, fueron hechos los cielos... porque él dijo, y fue hecho (Sl 33;6,9). Envió su palabra, y los sanó (Sl 107;20). La palabra de Dios hace lo que él quiere (Is 55;11).
Hubo un tiempo en que lo judíos hablaban arameo porque habían olvidado su lengua hebrea. Por tanto, aunque en la sinagoga se leían las Escrituras en hebreo, la lengua sagrada, el pueblo no la entendía. Era necesario traducir. Pero en lugar de hacer una traducción literal, se hacía una traducción libre que se llama "targum". Estas traducciones arameas son muy interesantes, ya que nos indican cómo se comprendía la Escritura en tiempos de Cristo. A veces se trataba de pequeñas transformaciones, otras veces se añadían explicaciones. Ahora bien, como, en la simplicidad del AT, se atribuían a Dios sentimientos, acciones, reacciones y pensamientos al estilo de los hombres, los artífices de los targums sintieron que todo esto aplicado al Altísimo resultaba ser demasiado humano, y, entonces, empezaron a usar una circunlocución para expresar el nombre de Dios, es decir, no hablaban de Dios, sino de la Palabra, la "memra" de Dios. Véase en los targums: (Gn 3;8) (Gn 28;21) (Ex 19;17) (Dt 9;3) (Is 48;13), etc.
El resultado fue que las escrituras judías, en su forma popular, targum, se llenaron de la frase: "La palabra, la memra, de Dios"; y la palabra estaba siempre haciendo, no meramente diciendo. Como enseguida veremos, S.Juan, conocedor de la común costumbre de usar esta perífrasis escritural entre los judíos de su tiempo para designar a Yahvé, la emplea en sus escritos para probar la deidad de Cristo y su eternidad.
Al final del S. I dC, la Iglesia tuvo que hacer frente a un serio problema de comunicación. La Iglesia se originó en el judaísmo, pero necesitaba presentar su mensaje a un mundo griego, que las categorías del judaísmo le eran ajenas. Un griego que quería ser cristiano estaba obligado a aceptar a Cristo, el Mesías. Naturalmente, preguntaría que significaba eso, y hubiese habido que darle un cursillo de apocalíptica judía. ¿No había otra forma de introducirle directamente en los valores de la civilización cristiana sin ser siempre dirigido, podríamos incluso decir desviado, a través del judaísmo? ¿Debía utilizar siempre el cristianismo un vocabulario judío?. Alrededor del año 100 dC., hubo un hombre en Éfeso, llamado Juan, que advirtió el problema y vio la solución: Tanto judíos como griegos tenían la concepción del "logos" de Dios, ¿no podrían aunarse las dos ideas?. Veamos el trasfondo griego con que trabajó Juan.
Por el año 560 aC hubo un filósofo griego, llamado Heráclito, que también vivió en Éfeso. Este pensador concebía el mundo como un "flujo". Todo está cambiando continuamente; no hay nada estático en el mundo. Pero, si todo cambia sin cesar, ¿por qué no es el mundo un completo y absoluto caos? Su respuesta fue: "Todo sucede conforme al 'logos'". En el mundo operan una razón y una mente; esa mente es la de Dios, es el logos de Dios; y el logos es el que hace que el universo sea un cosmos ordenado, y no un confuso caos.
Esta idea de una mente, una razón, un logos, gobernando el mundo fascinaba a los griegos. Anaxágoras habló de la mente (nous) que "todo lo gobierna". Platón decía que el logos de Dios era el que mantenía los planetas en sus órbitas y el que traía de vuelta las estaciones y los años en sus tiempos determinados. Pero fueron los estoicos, que estaban en su apogeo cuando el NT fue escrito quienes amaron apasionadamente esta concepción. Para ellos el logos de Dios "vagaba -como Cleanto decía- por todas las cosas". El curso de los tiempos, de las estaciones, de las mareas, de las estrellas, en fin, de todo, era ordenado por el logos; el logos fue el que introdujo la razón en el mundo. Posteriormente, la propia mente del hombre era una pequeña porción del logos: "La razón no es otra cosa que una partícula del espíritu divino inmersa en el cuerpo humano", dijo Séneca. El logos fue el que puso la razón en el universo y en el hombre; y este logos era la mente de Dios.
Esta concepción llegó a su climax con Filón, un judío alejandrino que fusionó el método de pensamiento hebreo con los conceptos griegos. Para Filón el logos de Dios estaba "inscrito y grabado en la constitución de todas las cosas". El logos es "el guardián por medio del que el piloto del universo gobierna todas las cosas". "Los hombres se igualan en su capacidad de entender al logos", "El logos es el sumo sacerdote que pone las almas ante Dios". El logos es el puente entre el hombre y Dios.
Además se le llama “la Palabra” (Jn 1;14). Este título muestra que era el encargado de hablar en nombre de su Padre.
Análisis:
Debemos empezar recordando que, en griego, "logos" tiene dos significados: palabra y razón y ambos se entretejen juntamente. Comencemos por el trasfondo judío de esta palabra. En el pensamiento judío, una palabra no era simplemente un sonido articulado que expresa una idea, la palabra hacía cosas. La palabra de Dios no es un mero sonido: es una causa eficiente.
En el relato de la creación, como luego veremos, la palabra de Dios crea. Dios dijo: sea la luz; y fue la luz. (Gn 1;3). Por la palabra de Dios, fueron hechos los cielos... porque él dijo, y fue hecho (Sl 33;6,9). Envió su palabra, y los sanó (Sl 107;20). La palabra de Dios hace lo que él quiere (Is 55;11).
Hubo un tiempo en que lo judíos hablaban arameo porque habían olvidado su lengua hebrea. Por tanto, aunque en la sinagoga se leían las Escrituras en hebreo, la lengua sagrada, el pueblo no la entendía. Era necesario traducir. Pero en lugar de hacer una traducción literal, se hacía una traducción libre que se llama "targum". Estas traducciones arameas son muy interesantes, ya que nos indican cómo se comprendía la Escritura en tiempos de Cristo. A veces se trataba de pequeñas transformaciones, otras veces se añadían explicaciones. Ahora bien, como, en la simplicidad del AT, se atribuían a Dios sentimientos, acciones, reacciones y pensamientos al estilo de los hombres, los artífices de los targums sintieron que todo esto aplicado al Altísimo resultaba ser demasiado humano, y, entonces, empezaron a usar una circunlocución para expresar el nombre de Dios, es decir, no hablaban de Dios, sino de la Palabra, la "memra" de Dios. Véase en los targums: (Gn 3;8) (Gn 28;21) (Ex 19;17) (Dt 9;3) (Is 48;13), etc.
El resultado fue que las escrituras judías, en su forma popular, targum, se llenaron de la frase: "La palabra, la memra, de Dios"; y la palabra estaba siempre haciendo, no meramente diciendo. Como enseguida veremos, S.Juan, conocedor de la común costumbre de usar esta perífrasis escritural entre los judíos de su tiempo para designar a Yahvé, la emplea en sus escritos para probar la deidad de Cristo y su eternidad.
Al final del S. I dC, la Iglesia tuvo que hacer frente a un serio problema de comunicación. La Iglesia se originó en el judaísmo, pero necesitaba presentar su mensaje a un mundo griego, que las categorías del judaísmo le eran ajenas. Un griego que quería ser cristiano estaba obligado a aceptar a Cristo, el Mesías. Naturalmente, preguntaría que significaba eso, y hubiese habido que darle un cursillo de apocalíptica judía. ¿No había otra forma de introducirle directamente en los valores de la civilización cristiana sin ser siempre dirigido, podríamos incluso decir desviado, a través del judaísmo? ¿Debía utilizar siempre el cristianismo un vocabulario judío?. Alrededor del año 100 dC., hubo un hombre en Éfeso, llamado Juan, que advirtió el problema y vio la solución: Tanto judíos como griegos tenían la concepción del "logos" de Dios, ¿no podrían aunarse las dos ideas?. Veamos el trasfondo griego con que trabajó Juan.
Por el año 560 aC hubo un filósofo griego, llamado Heráclito, que también vivió en Éfeso. Este pensador concebía el mundo como un "flujo". Todo está cambiando continuamente; no hay nada estático en el mundo. Pero, si todo cambia sin cesar, ¿por qué no es el mundo un completo y absoluto caos? Su respuesta fue: "Todo sucede conforme al 'logos'". En el mundo operan una razón y una mente; esa mente es la de Dios, es el logos de Dios; y el logos es el que hace que el universo sea un cosmos ordenado, y no un confuso caos.
Esta idea de una mente, una razón, un logos, gobernando el mundo fascinaba a los griegos. Anaxágoras habló de la mente (nous) que "todo lo gobierna". Platón decía que el logos de Dios era el que mantenía los planetas en sus órbitas y el que traía de vuelta las estaciones y los años en sus tiempos determinados. Pero fueron los estoicos, que estaban en su apogeo cuando el NT fue escrito quienes amaron apasionadamente esta concepción. Para ellos el logos de Dios "vagaba -como Cleanto decía- por todas las cosas". El curso de los tiempos, de las estaciones, de las mareas, de las estrellas, en fin, de todo, era ordenado por el logos; el logos fue el que introdujo la razón en el mundo. Posteriormente, la propia mente del hombre era una pequeña porción del logos: "La razón no es otra cosa que una partícula del espíritu divino inmersa en el cuerpo humano", dijo Séneca. El logos fue el que puso la razón en el universo y en el hombre; y este logos era la mente de Dios.
Esta concepción llegó a su climax con Filón, un judío alejandrino que fusionó el método de pensamiento hebreo con los conceptos griegos. Para Filón el logos de Dios estaba "inscrito y grabado en la constitución de todas las cosas". El logos es "el guardián por medio del que el piloto del universo gobierna todas las cosas". "Los hombres se igualan en su capacidad de entender al logos", "El logos es el sumo sacerdote que pone las almas ante Dios". El logos es el puente entre el hombre y Dios.