martes, 10 de junio de 2014

MILAGROS


s/TJ:

El cristianismo se fundamenta en el milagro de la resurrección de Jesucristo (1Co 15:16-19), que constataron fehacientemente más de 500 testigos oculares. (1Co 15:3-8; Hch 2:32.)

También se debe tener en cuenta el motivo de aquellos que aceptaron el milagro de la resurrección de Jesús. Muchas personas han sido perseguidas y han muerto por sus ideas religiosas, políticas o de otro tipo. Sin embargo, los cristianos que sufrieron persecución no recibieron ningún tipo de ganancia material o política. Más que conseguir poder, riqueza y prominencia, a menudo sufrieron la pérdida de todas estas cosas. Predicaron la resurrección de Jesús, pero no utilizaron ninguna forma de violencia para promover sus creencias o defenderse. Y el que lee sus argumentos puede ver que eran personas razonables, no fanáticas. Trataban de ayudar amorosamente a sus semejantes.
Características de los milagros de la Biblia. Algunas de las características notables de los milagros bíblicos son: su naturaleza pública, su sencillez, su propósito y su motivo. Algunos se obraron en privado o ante grupos pequeños (1Re 17:19-24; Mr 1:29-31; Hch 9:39-41), pero a menudo se hacían en público, ante miles o incluso millones de observadores. (Éx 14:21-31; 19:16-19.) Jesús obraba a la vista de todo el mundo, no hacía nada en secreto. Sanaba a todos los que acudían a él, y no fracasaba con el pretexto de que algunos no tenían suficiente fe. (Mt 8:16; 9:35; 12:15.)

La sencillez era una característica tanto de sus curaciones milagrosas como de su control sobre los elementos. (Mr 4:39; 5:25-29; 10:46-52.) A diferencia de las proezas mágicas que precisaban de accesorios, escenificación, iluminación y rituales especiales, los milagros de la Biblia por lo general se hacían sin exhibición espectacular, con frecuencia en respuesta a un encuentro casual o a una solicitud, y se llevaban a cabo en la vía pública o en un lugar no preparado. (1Re 13:3-6; Lu 7:11-15; Hch 28:3-6.)

El motivo para realizar los milagros no era obtener prominencia egoísta o riqueza, sino, principalmente, glorificar a Dios. (Jn 11:1-4, 15, 40.) Los milagros no eran actos misteriosos llevados a cabo simplemente para satisfacer la curiosidad o para causar asombro. Siempre ayudaban a otros, a veces directamente de una manera física y siempre de una manera espiritual; encaminaban de nuevo a las personas hacia la adoración verdadera. Tal como “el dar testimonio de Jesús es lo que inspira el profetizar [“es el espíritu de la profecía”, notas]”, así también muchos de los milagros identificaron a Jesús como el Enviado de Dios. (Rev 19:10.)

Los milagros bíblicos no estaban relacionados solo con cosas animadas, sino también inanimadas, como calmar el viento y el mar (Mt 8:24-27), impedir la lluvia y hacer que empezase a llover (1Re 17:1-7; 18:41-45) o convertir el agua en sangre o en vino (Éx 7:19-21; Jn 2:1-11). Asimismo, se efectuaron curaciones de enfermedades físicas de todo tipo, como la “incurable” lepra (2Re 5:1-14; Lu 17:11-19) y la ceguera de nacimiento. (Jn 9:1-7.) Esta gran variedad de milagros habla en favor de su credibilidad como actos respaldados por el Creador, pues es lógico pensar que únicamente el Creador podría ejercer influencia en todos los campos de la experiencia humana y sobre todo tipo demateria.

El propósito en la congregación cristiana primitiva.  Los milagros tuvieron varios propósitos importantes. Fundamentalmente, ayudaron a comprobar o a confirmar que cierto hombre recibía poder y apoyo de Dios. (Éx 4:1-9.) Las personas llegaron a esta conclusión correcta tanto en el caso de Moisés como en el de Jesús. (Éx 4:30, 31; Jn 9:17, 31-33.) Dios había prometido por medio de Moisés un profeta venidero. Los milagros de Jesús ayudaron a que los observadores lo identificaran como dicho profeta. (Dt 18:18; Jn 6:14.) En los comienzos del cristianismo, los milagros, en unión con el mensaje, sirvieron para ayudar a la gente a ver que la congregación cristiana tenía el respaldo divino y que se había apartado del sistema de cosas judío. (Heb 2:3, 4.) Con el tiempo, los dones milagrosos del primer siglo serían eliminados. Solo fueron necesarios durante los comienzos de la congregación cristiana. (1Co 13:8-11.)

Cuando se lee el relato de Hechos de Apóstoles, se ve que el espíritu de Jehová obró rápida y poderosamente en la formación de las congregaciones y consiguió que el cristianismo se arraigase con firmeza. (Hch 4:4; caps. 13, 14, 16–19.) En los pocos años transcurridos entre 33 y 70 E.C., se recogió a miles de creyentes en muchas congregaciones desde Babilonia hasta Roma, y quizás hasta puntos más occidentales. (1Pe 5:13; Ro 1:1, 7; 15:24.) Debe notarse que entonces existían pocas copias de las Escrituras. Normalmente solo las personas pudientes tenían rollos o libros de cualquier clase. En las tierras paganas no había conocimiento de la Biblia ni del Dios de la Biblia, Jehová. Prácticamente toda la comunicación era verbal. No existían comentarios bíblicos, concordancias ni enciclopedias disponibles para la gente. De modo que los dones milagrosos de conocimiento especial, sabiduría, hablar en lenguas y discernimiento de declaraciones inspiradas eran fundamentales para la congregación en aquel entonces. (1Co 12:4-11, 27-31.) Sin embargo, como escribió el apóstol Pablo, cuando esas cosas ya no se necesitaran, serían eliminadas.

La situación actual es diferente. Hoy Dios no ejecuta milagros mediante sus siervos cristianos, porque todo lo que se necesita está disponible a la población mundial que sabe leer, y para ayudar a los que no saben pero que quieren escuchar, hay cristianos maduros que han adquirido conocimiento y sabiduría mediante el estudio y la experiencia. Dios no tiene que efectuar tales milagros en este tiempo para atestiguar que Jesucristo es el libertador nombrado por Dios o demostrar que respalda a sus siervos. Aun si Dios siguiera efectuando milagros por medio de sus siervos, esto no convencería a todo el mundo, pues ni siquiera los milagros de Jesús movieron a todos los testigos presenciales a aceptar sus enseñanzas. (Jn 12:9-11.) Por otra parte, la Biblia advierte a los burlones que aún se producirán impresionantes actos de Dios en la destrucción del presente sistema de cosas. (2Pe 3:1-10; Rev 18, 19.)


Puede decirse en conclusión que los que niegan los milagros, o bien no creen que exista un Dios invisible y Creador, o bien no creen que haya ejercido su poder de ningún modo sobrenatural desde la creación. No obstante, su incredulidad no deja sin efecto la Palabra de Dios. (Ro 3:3, 4.) Los relatos bíblicos de los milagros divinos y los buenos fines que consiguieron, en armonía con las verdades y principios de su Palabra, inspiran confianza en Dios. Dan gran seguridad de que se interesa en la humanidad y de que puede proteger y protegerá a los que le sirven. Los milagros fueron modelos típicos, y su registro fortalece la fe en que Dios intervendrá en el futuro de un modo milagroso, curando y bendiciendo a la humanidad fiel. (Rev 21:4.).

Análisis:

A principios del siglo XXI, en un mundo en el que se busca una explicación racional y científica para todo, el concepto de milagro parece tras­nochado y superado. Sin embargo, hay un lugar donde lo incomprensible se homologa, lo prodigioso es considerado normal y en el que se conjugan de for­ma sistemática las cosas del espíritu con la ciencia médica: el santuario de Nues­tra Señora de Lourdes. Allí, un gabinete médico guarda miles de  expedientes de curaciones extraordinarias, 66 de ellas consideradas milagrosas por la Igle­sia católica.

Hasta el jueves 11 de febrero de 1858, Lourdes era un pueblo de 4.000 ha­bitantes del Pirineo francés en el que la vida pasaba lenta, fría y pobremen­te. Pero aquel día, Bernadette Soubirous, una niña de 14 años, paupérrima, me­nuda y asmática, tuvo una visión de la Virgen cuando recogía leña frente a una cueva. Fue la primera de una serie de dieciocho apariciones que finalizaron el 16 de julio de 1898, aceptadas por la Iglesia como de la Inmaculada Con­cepción.

Bernadette explicó, primero de palabra y años después por escrito, que ha­bló en su dialecto local con una mujer "vestida de blanco y de ojos azules" que le invitó a acudir ante aquella cueva durante 15 días. Las apariciones, sólo vis­tas por Bernadette y que desde los primeros momentos constituyeron un fe­nómeno que atrajo a miles de personas, siempre se produjeron en una pequeña cueva situada entonces junto a un canal que discurría paralelo al río Gleve. Hoy, aquel canal no existe, el río ha sido encauzado a su paso por Lourdes y sobre la cueva se levantan una capilla -la cripta- y una iglesia, ambas superpuestas y que hace años se quedaron pequeñas, motivo por el que se construyó la impresionante basílica subte­rránea con capacidad para 30.000 personas inaugurada en 1958 -cuando se cumplía el cen­tenario de las apariciones- por el entonces car­denal Roncalli, el futuro Papa Juan XXIII.

Si algo distingue al santuario de Lourdes de otros lugares de peregrinación o culto de no im­porta qué religión es la atracción que ejerce so­bre las personas que allí viajan en busca de la cu­ración de sus males. Acuden a miles. No todos son enfermos, algunos son simples turistas o cu­riosos, aunque es obvio que una gran proporción de los peregrinos que allí van guarda la esperanza de que ellos mismos o algún ser querido sane de algún mal incurable. Para ello, los creyentes cuentan con su fe, la oración y el rito del agua de la cueva, que tiene su máxima expresión en el baño de los enfermos; un agua que ha sido repetidamente analizada y que no tiene de por sí ninguna propiedad espe­cial aparte de ser potable y que proviene de un manantial que experimenta variaciones de cau­dal según las estaciones del año, como cual­quier otra fuente de montaña. No obstante, el asunto de las curaciones de Lourdes, sin duda la máxima expresión popular del santuario, está desde su origen ligado al manantial de la cueva.

Esa parte de la historia comenzó cuando Catherine Latapie, una mujer de 39 años que su­fría desde hacía casi dos años parálisis de su mano derecha a causa de una caída, acudió embarazada y con sus dos hijos a la cueva junto al Gleve. Era el primero de marzo de 1858, las apariciones se encontraban en ple­no apogeo, hasta el punto de que, además de las autoridades religiosas, la prensa regional se ocu­paba de ellas y del gentío que convocaban. Catherine llegó al amanecer, se arrodilló, rezó y metió su mano paralizada en un pequeño es­tanque que recogía el agua del manantial. De in­mediato sus dedos se enderezaron y la parálisis desapareció. Es la primera curación de Lourdes y la primera considerada milagro por la Iglesia. Tras ésta, aquel mismo año hubo otras cien cu­raciones aparentemente sobrenaturales. Lue­go vinieron más, muchas más.

Como quiera que desde el caso Latapie el nú­mero de personas que afirmaban haber sido curadas no cesaba de crecer, distinguir a los verdaderos enfermos de los embaucadores o de los imaginarios se hizo una necesidad. Por poner un ejemplo, sólo entre 1858 y 1914 se registraron 4.445 declaraciones de curación.

Dado el cariz que tomaba el asunto, las auto­ridades eclesiásticas propusieron que un médi­co acreditase en lo posible la veracidad de las cu­raciones, de tal modo que en 1859 el profesor Vergez, agregado a la facultad de Medicina de Montpellier, se hizo cargo del control del asunto. En 1883 se fundó el denominado Bureau Medical.  No se trata de una consulta para tratar a los enfermos que acuden en peregrinación, sino de un servicio del santuario que tiene como fin autentificar las declaraciones de curación que se producen en Lourdes. En sus archivos se guardan actualmente más de 6.000 expedientes de curaciones realmente ex­traordinarias, cifra que en realidad debe ser muy superior, pues no todos los que creen que han sido sanados acuden a explicarlo a la ofici­na médica. De esos 6.000 historiales, sólo 66 han sido declarados milagro por la Iglesia. Y es que la Iglesia es prudente y se protege. Por eso, creó el Bureau Medical. Desde las primeras apariciones hubo médicos cerca de ellas. Prác­ticamente desde los inicios del fenómeno de Lourdes, la Iglesia ha solicitado al colectivo mé­dico y a la ciencia en general que autentifique las curaciones. Sólo después de haber oído a los ex­pertos, la Iglesia proclama el milagro.

Así que para homologar un milagro se desa­rrolla un largo procedimiento que puede durar años y, en el que, al menos inicialmente, el Bureau Medical tiene un enorme protagonismo. De en­trada, para plantearse que una curación se debe a motivos extraordinarios, tiene que cumplir una serie de criterios. En primer lugar, hay que establecer algo tan simple como que una curación es pasar de un es­tado de enfermedad a un estado de salud. De mo­do que lo primero que se hace es determinar que lo que padecía el curado era una verdadera enfermedad y que era grave, es decir, que ponía en juego su vida o su forma de vida. También es preciso que esa enfermedad cause lesiones, ya sea en un órgano o en un sistema del organismo, y también es necesario que esa curación no se deba a un tratamiento médico. Esta condición ahora no es tan simple de comprobar co­mo lo fue en el pasado, pues hoy en día todo el mundo es tratado de una u otra manera, cosa que no sucedía ni el siglo pasado ni hasta hace relativamente pocos años.

La siguiente condición que debe pasar el en­fermo es que su curación sea instantánea.  Es de­cir, un cambio brutal de enfermedad a salud sin convalecencia. Además es imprescindible que la curación sea completa y definitiva. Esto obliga a un plan de segui­miento del sanado que puede durar años, pues no se puede decir que una curación es definitiva al día siguiente de producirse.

Cuando alguien se presenta al Bureau Medical y dice que ha sido curado, se elabora un informe completo con­cerniente a esa persona. Así que lo primero que se hace es examinar a ese enfermo ya que hay muchos que afirman haber sanado y no es así.

Si la enfermedad es imaginaria o la curación no se ha producido, el caso queda automática­mente descartado, pero, en caso contrario, el res­ponsable del Bureau Medical se pone en contacto con el médico o los médicos de cabecera del en­fermo y junto con ellos hacen una primera eva­luación del asunto. Si esa recuperación les sigue pareciendo fuera de lo común, entonces el res­ponsable de la oficina médica convoca inmedia­tamente una reunión de doctores a la que asis­ten los que quieren hacerlo, tanto creyentes co­mo no. Generalmente acuden los facultativos de la región más los que suelen estar por Lourdes acompañando a enfermos; en algunos casos se llegan a reunir hasta unos 30 médicos. Examinan al paciente y deciden si vale la pena continuar. En caso afirmativo, se elabora un dossier médico de esa persona y se reconstruye su historial médi­co con todos los exámenes y análisis que haya po­dido pasar.  Una vez reunida la documentación, al supuesto curado le piden que vuelva a hacerse todos los exámenes otra vez. Hay personas que renun­cian a seguir con la prueba pues es un proceso verdaderamente pesado. Pero es necesario hacerlo pues así se dispone de elementos para com­parar. Una vez hechas las pruebas se le pide al pa­ciente que regrese el año próximo y entonces se le examina de nuevo. En definitiva se trata de un problema puramente médico: saber si esa cu­ración se debe a un proceso inexplicable a la luz de la ciencia.

Con todo, el procedimiento normalizado hacia el milagro no ha hecho más que empezar. De hecho, si el paciente supera esas pruebas y los doctores que lo estudian siguen convencidos de la posibilidad de que la curación no obedezca a parámetros normales, el respon­sable de la oficina médica presenta el caso a una instancia superior, que es un comité médico in­ternacional integrado por prestigiosos especia­listas que se reúne una vez al año en París. Si este comité estima el caso, tras el informe de un especialista de la enfermedad en cuestión que revisa de nuevo el asunto, finalmente decidirá que esa curación no tiene una explicación lógica a la luz de los conocimientos científicos.

En este instante la Iglesia entra en escena. El Bureau Medical presenta el dossier del caso al obispo de la diócesis a la que pertenece el en­fermo, quien crea una última comisión constituida por sacerdotes, canónicos y teólogos, además de médicos, si lo cree con­veniente. Este comité todavía puede decidir que no es una curación inexplicable, pero en caso con­trario informará al obispo, quien finalmente de­cidirá si hay o no milagro, o, dicho en su lengua­je, si esa curación es "un signo de Dios". De hecho, como hemos visto, en la mayoría de los casos, la Iglesia rechaza el milagro a pesar de tratarse de curaciones verdaderamente extraordinarias.  La prueba es que de más de 6.000 expedientes, todos ellos dignos de atención, sólo 66 han sido declara­dos milagros por la Iglesia.

Las  estadísticas indican que ca­da año unas treinta personas acuden al centro médico a explicar emocionadas su curación. También muestran que la inmensa mayoría de ellas no acaba la larga carrera de obstáculos ha­cia el Milagro.