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El cristianismo se fundamenta en el milagro de la resurrección de
Jesucristo (1Co 15:16-19), que constataron fehacientemente más de 500 testigos oculares. (1Co 15:3-8; Hch 2:32.)
También se debe tener en cuenta el motivo de
aquellos que aceptaron el milagro de la resurrección de Jesús. Muchas personas
han sido perseguidas y han muerto por sus ideas religiosas, políticas o de otro
tipo. Sin embargo, los cristianos que sufrieron persecución no recibieron
ningún tipo de ganancia material o política. Más que conseguir poder, riqueza y
prominencia, a menudo sufrieron la pérdida de todas estas cosas. Predicaron la
resurrección de Jesús, pero no utilizaron ninguna forma de violencia para
promover sus creencias o defenderse. Y el que lee sus argumentos puede ver que
eran personas razonables, no fanáticas. Trataban de ayudar amorosamente a
sus semejantes.
Características de los milagros de la Biblia. Algunas
de las características notables de los milagros bíblicos son: su naturaleza
pública, su sencillez, su propósito y su motivo. Algunos se obraron en privado
o ante grupos pequeños (1Re 17:19-24; Mr 1:29-31; Hch 9:39-41), pero a menudo se hacían en público, ante
miles o incluso millones de observadores. (Éx 14:21-31; 19:16-19.) Jesús obraba a la vista de todo el mundo, no hacía nada en secreto.
Sanaba a todos los que acudían a él, y no fracasaba con el pretexto de que
algunos no tenían suficiente fe. (Mt 8:16; 9:35; 12:15.)
La sencillez era una característica tanto de sus curaciones milagrosas como
de su control sobre los elementos. (Mr 4:39; 5:25-29; 10:46-52.) A diferencia de las proezas mágicas que precisaban de accesorios,
escenificación, iluminación y rituales especiales, los milagros de la Biblia
por lo general se hacían sin exhibición espectacular, con frecuencia en
respuesta a un encuentro casual o a una solicitud, y se llevaban a cabo en la
vía pública o en un lugar no preparado. (1Re 13:3-6; Lu 7:11-15; Hch 28:3-6.)
El motivo para realizar los milagros no era obtener prominencia
egoísta o riqueza, sino, principalmente, glorificar a Dios. (Jn 11:1-4, 15, 40.) Los milagros no eran actos misteriosos llevados a cabo simplemente
para satisfacer la curiosidad o para causar asombro. Siempre ayudaban a otros,
a veces directamente de una manera física y siempre de una manera espiritual;
encaminaban de nuevo a las personas hacia la adoración verdadera. Tal como “el
dar testimonio de Jesús es lo que inspira el profetizar [“es el espíritu de la
profecía”, notas]”, así también muchos de los milagros identificaron a Jesús
como el Enviado de Dios. (Rev 19:10.)
Los milagros bíblicos no estaban relacionados solo con cosas animadas,
sino también inanimadas, como calmar el viento y el mar (Mt 8:24-27), impedir la lluvia y hacer que empezase a llover (1Re 17:1-7; 18:41-45) o convertir el agua en sangre o en vino (Éx 7:19-21; Jn 2:1-11). Asimismo, se efectuaron curaciones de enfermedades físicas de todo tipo,
como la “incurable” lepra (2Re 5:1-14; Lu 17:11-19) y la ceguera de nacimiento. (Jn 9:1-7.) Esta gran variedad de milagros habla en favor de su credibilidad como
actos respaldados por el Creador, pues es lógico pensar que únicamente el
Creador podría ejercer influencia en todos los campos de la
experiencia humana y sobre todo tipo demateria.
El propósito en la congregación cristiana primitiva.
Los milagros tuvieron varios propósitos importantes. Fundamentalmente, ayudaron
a comprobar o a confirmar que cierto hombre recibía poder y apoyo de Dios. (Éx 4:1-9.)
Las personas llegaron a esta conclusión correcta tanto en el caso de Moisés
como en el de Jesús. (Éx 4:30, 31; Jn 9:17, 31-33.) Dios había prometido por medio de Moisés un profeta venidero. Los
milagros de Jesús ayudaron a que los observadores lo identificaran como dicho
profeta. (Dt 18:18; Jn 6:14.) En los comienzos del cristianismo, los milagros, en unión con el
mensaje, sirvieron para ayudar a la gente a ver que la congregación cristiana
tenía el respaldo divino y que se había apartado del sistema de cosas judío. (Heb 2:3, 4.)
Con el tiempo, los dones milagrosos del primer siglo serían eliminados. Solo
fueron necesarios durante los comienzos de la congregación cristiana. (1Co 13:8-11.)
Cuando se lee el relato de Hechos de Apóstoles, se ve que el espíritu de Jehová
obró rápida y poderosamente en la formación de las congregaciones y consiguió
que el cristianismo se arraigase con firmeza. (Hch 4:4; caps. 13, 14, 16–19.) En los pocos años transcurridos entre 33 y 70 E.C., se recogió a miles
de creyentes en muchas congregaciones desde Babilonia hasta Roma, y quizás
hasta puntos más occidentales. (1Pe 5:13; Ro 1:1, 7; 15:24.) Debe notarse que entonces existían pocas copias de las Escrituras.
Normalmente solo las personas pudientes tenían rollos o libros de cualquier
clase. En las tierras paganas no había conocimiento de la Biblia ni del
Dios de la Biblia, Jehová. Prácticamente toda la comunicación era verbal.
No existían comentarios bíblicos, concordancias ni enciclopedias disponibles
para la gente. De modo que los dones milagrosos de conocimiento especial,
sabiduría, hablar en lenguas y discernimiento de declaraciones inspiradas eran
fundamentales para la congregación en aquel entonces. (1Co 12:4-11, 27-31.) Sin embargo, como escribió el apóstol Pablo, cuando esas cosas ya
no se necesitaran, serían eliminadas.
La situación actual es diferente. Hoy
Dios no ejecuta milagros mediante sus siervos cristianos, porque todo lo
que se necesita está disponible a la población mundial que sabe leer, y para
ayudar a los que no saben pero que quieren escuchar, hay cristianos
maduros que han adquirido conocimiento y sabiduría mediante el estudio y la
experiencia. Dios no tiene que efectuar tales milagros en este tiempo para
atestiguar que Jesucristo es el libertador nombrado por Dios o demostrar que
respalda a sus siervos. Aun si Dios siguiera efectuando milagros por medio de
sus siervos, esto no convencería a todo el mundo, pues ni siquiera los
milagros de Jesús movieron a todos los testigos presenciales a aceptar sus
enseñanzas. (Jn 12:9-11.) Por otra parte, la Biblia advierte a los burlones que aún se producirán
impresionantes actos de Dios en la destrucción del presente sistema de cosas. (2Pe 3:1-10; Rev 18, 19.)
Puede decirse en conclusión que los que niegan los milagros, o bien
no creen que exista un Dios invisible y Creador, o bien no creen que haya
ejercido su poder de ningún modo sobrenatural desde la creación.
No obstante, su incredulidad no deja sin efecto la Palabra de Dios. (Ro 3:3, 4.) Los relatos bíblicos de los milagros divinos y los buenos fines que
consiguieron, en armonía con las verdades y principios de su Palabra, inspiran
confianza en Dios. Dan gran seguridad de que se interesa en la humanidad y de
que puede proteger y protegerá a los que le sirven. Los milagros fueron modelos
típicos, y su registro fortalece la fe en que Dios intervendrá en el futuro de
un modo milagroso, curando y bendiciendo a la humanidad fiel. (Rev 21:4.).
Análisis:
A principios del siglo XXI, en un mundo en el que
se busca una explicación racional y científica para
todo, el concepto de milagro parece trasnochado y superado. Sin embargo, hay un lugar donde lo incomprensible se
homologa, lo prodigioso es
considerado normal y en el que se conjugan de forma sistemática las cosas del
espíritu con la ciencia médica: el
santuario de Nuestra Señora de Lourdes. Allí, un gabinete médico guarda miles de expedientes de curaciones extraordinarias, 66 de ellas consideradas milagrosas
por la Iglesia católica.
Hasta el jueves 11 de febrero de 1858, Lourdes era
un pueblo de 4.000 habitantes del Pirineo francés
en el que la vida pasaba lenta, fría y pobremente. Pero aquel día, Bernadette Soubirous, una niña de 14
años, paupérrima, menuda y asmática, tuvo una visión de la Virgen cuando
recogía leña frente a una cueva.
Fue la primera de una serie de dieciocho apariciones que finalizaron el 16 de julio de 1898, aceptadas por la Iglesia
como de la Inmaculada Concepción.
Bernadette explicó, primero de palabra y años después por escrito, que habló
en su dialecto local con una mujer "vestida de blanco y de ojos
azules" que le invitó a acudir ante aquella cueva durante 15 días. Las
apariciones, sólo vistas por
Bernadette y que desde los primeros momentos constituyeron un fenómeno que atrajo a miles de personas, siempre se
produjeron en una pequeña cueva
situada entonces junto a un canal que discurría paralelo al río Gleve. Hoy, aquel canal no existe, el río ha sido encauzado a
su paso por Lourdes y sobre la cueva se levantan una capilla -la cripta- y una iglesia, ambas superpuestas y que
hace años se quedaron
pequeñas, motivo por el que se construyó la impresionante basílica subterránea con capacidad para 30.000
personas inaugurada en
1958 -cuando se cumplía el centenario de las apariciones- por el entonces cardenal Roncalli, el futuro Papa Juan
XXIII.
Si algo distingue al santuario de
Lourdes de otros lugares
de peregrinación o culto de no importa qué religión es la atracción que ejerce sobre las personas que allí viajan en
busca de la curación de sus
males. Acuden a miles. No todos son enfermos, algunos son simples turistas o curiosos, aunque es obvio que una gran
proporción de los
peregrinos que allí van guarda la esperanza de que ellos mismos o algún ser querido sane de algún mal incurable. Para ello, los creyentes cuentan con
su fe, la oración y el
rito del agua de la cueva, que tiene su máxima expresión en el baño de los enfermos; un agua que ha sido repetidamente
analizada y que no tiene de
por sí ninguna propiedad especial aparte de ser potable y que proviene de un manantial que experimenta
variaciones de caudal según las
estaciones del año, como cualquier otra fuente de montaña. No obstante, el asunto de las curaciones de Lourdes, sin duda la máxima expresión
popular del santuario,
está desde su origen ligado al manantial de la cueva.
Esa parte de la historia comenzó
cuando Catherine
Latapie, una mujer de 39 años que sufría desde hacía casi dos años parálisis de su mano
derecha a causa de una caída, acudió
embarazada y con sus dos hijos a la cueva junto al Gleve. Era el primero de marzo de 1858, las apariciones se
encontraban en pleno apogeo,
hasta el punto de que, además de las autoridades religiosas, la prensa regional se ocupaba de ellas y del gentío que
convocaban. Catherine llegó
al amanecer, se arrodilló, rezó y metió su mano paralizada en un pequeño estanque que recogía el agua del
manantial. De inmediato sus
dedos se enderezaron y la parálisis desapareció. Es la primera curación de Lourdes y la primera considerada milagro por
la Iglesia. Tras ésta, aquel
mismo año hubo otras cien curaciones aparentemente sobrenaturales. Luego vinieron más, muchas más.
Como quiera que desde el caso
Latapie el número de
personas que afirmaban haber sido curadas no cesaba de crecer, distinguir a los
verdaderos
enfermos de los embaucadores o de los imaginarios se hizo una necesidad. Por poner
un ejemplo,
sólo entre 1858 y 1914 se registraron 4.445 declaraciones de curación.
Dado el cariz que tomaba el asunto,
las autoridades
eclesiásticas propusieron que un médico acreditase en lo posible la veracidad de las curaciones, de tal modo que en 1859 el
profesor Vergez, agregado a la facultad de Medicina de Montpellier, se hizo cargo del
control del asunto. En 1883 se fundó el denominado Bureau Medical. No se trata de una consulta para
tratar a los enfermos que
acuden en peregrinación, sino de un servicio del santuario que tiene como fin autentificar las declaraciones de
curación que se producen en
Lourdes. En sus archivos se
guardan actualmente más de 6.000 expedientes de curaciones realmente extraordinarias, cifra que en realidad
debe ser muy superior, pues
no todos los que creen que han sido sanados acuden a explicarlo a la oficina médica. De esos 6.000
historiales, sólo 66 han sido
declarados milagro por la Iglesia. Y es que la Iglesia es prudente y se protege. Por eso, creó el Bureau Medical. Desde las
primeras apariciones hubo médicos cerca de ellas. Prácticamente desde
los inicios del fenómeno de Lourdes, la Iglesia ha solicitado al colectivo médico y a la ciencia en general que autentifique
las curaciones. Sólo después de haber oído a los expertos, la Iglesia proclama el
milagro.
Así que para homologar un milagro se
desarrolla un largo procedimiento que puede durar años y, en el que, al menos
inicialmente, el Bureau Medical tiene un
enorme protagonismo. De entrada, para plantearse que una curación se debe a motivos extraordinarios, tiene que
cumplir una serie de
criterios. En primer lugar,
hay que establecer algo tan simple como que una curación es pasar de un estado de enfermedad a un
estado de salud. De modo que lo primero
que se hace es determinar que lo que padecía el curado era una verdadera enfermedad y que era grave, es decir,
que ponía en juego su vida
o su forma de vida. También es preciso que esa enfermedad cause lesiones, ya sea en un órgano o en un sistema del
organismo, y también es necesario que
esa curación no se deba a un tratamiento médico. Esta condición ahora no es tan simple de comprobar
como lo fue en el pasado, pues hoy en día todo el mundo es tratado de una u otra manera,
cosa que no sucedía ni el siglo pasado ni hasta hace relativamente pocos años.
La siguiente condición que debe pasar
el enfermo es que su
curación sea instantánea. Es decir, un
cambio brutal de enfermedad a salud
sin convalecencia. Además es imprescindible que la curación sea completa y definitiva. Esto obliga
a un plan de seguimiento del sanado
que puede durar años, pues no se puede decir que una curación es definitiva al día siguiente de producirse.
Cuando alguien se presenta al Bureau
Medical y dice que ha sido
curado, se elabora un informe completo
concerniente a esa
persona. Así que lo primero que se hace es examinar a ese enfermo ya que hay muchos que afirman haber sanado y no es así.
Si la enfermedad es imaginaria o la
curación no se ha
producido, el caso queda automáticamente descartado, pero, en caso contrario, el responsable del Bureau Medical se pone en
contacto con el médico o los médicos de cabecera del enfermo y junto con ellos hacen una
primera evaluación del
asunto. Si esa recuperación les sigue pareciendo fuera de lo común, entonces el responsable de la oficina médica convoca
inmediatamente una
reunión de doctores a la que asisten los que quieren hacerlo, tanto creyentes como no.
Generalmente acuden los facultativos de la región más los que suelen estar por Lourdes acompañando a enfermos; en algunos
casos se llegan a reunir
hasta unos 30 médicos. Examinan al paciente y deciden si vale la pena continuar. En caso afirmativo, se elabora un dossier
médico de esa persona y se
reconstruye su historial médico con todos los exámenes y análisis que haya podido pasar. Una vez reunida la documentación, al supuesto curado le piden que vuelva a
hacerse todos los exámenes
otra vez. Hay personas que renuncian a seguir con la prueba pues es un
proceso
verdaderamente pesado. Pero es necesario hacerlo pues así se dispone de elementos para comparar.
Una vez hechas las pruebas se le pide al paciente que regrese el año próximo y
entonces se le examina de nuevo.
En definitiva se trata de un problema puramente médico: saber si esa curación se debe a un proceso
inexplicable a la luz de la ciencia.
Con todo, el procedimiento normalizado hacia el milagro no ha hecho más que empezar. De hecho, si el paciente
supera esas pruebas y los
doctores que lo estudian siguen convencidos de la posibilidad de que la
curación no obedezca a
parámetros normales, el responsable de la oficina médica presenta el caso a una instancia superior, que es un comité
médico internacional
integrado por prestigiosos especialistas que se reúne una vez al año en París. Si este
comité estima el caso, tras el informe de un especialista de la enfermedad en cuestión que revisa de nuevo el asunto, finalmente decidirá que esa curación no tiene una
explicación lógica a la luz de
los conocimientos científicos.
En este instante la Iglesia entra en
escena. El Bureau Medical
presenta el dossier del caso al obispo de la diócesis a la que pertenece el enfermo, quien crea una última comisión constituida por sacerdotes, canónicos y teólogos, además de médicos, si lo
cree conveniente. Este
comité todavía puede decidir que no es una curación inexplicable, pero en caso contrario informará al obispo, quien finalmente
decidirá si hay o no milagro, o, dicho en su lenguaje, si esa curación es "un signo
de Dios". De hecho, como
hemos visto, en la mayoría de los casos, la Iglesia rechaza el milagro a pesar de tratarse de
curaciones verdaderamente extraordinarias. La prueba es que
de más de 6.000 expedientes,
todos ellos dignos de atención, sólo 66 han sido declarados milagros por la Iglesia.
Las estadísticas indican que cada año unas treinta personas acuden al
centro médico a explicar
emocionadas su curación. También muestran
que la inmensa mayoría de ellas no acaba la larga carrera de obstáculos hacia el Milagro.